Santa Catalina

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Es difícil no verlo al acercarse a la ciudad de Jaén, salvo que uno sea especialmente miope o poco observador. El Castillo de Santa Catalina, también conocido como Alcázar de Jaén -no confundir con la cerveza homónima, y algún día habría que preguntarse por la manía de bautizar con el nombre de diversos castillos al zumo de cebada- se alza en el monte de la susodicha santa, dominado completamente toda la extensión del antiguo Santo Reino -arrebatado al señor Muhammad ibn Nasr, buen conocido nuestro-.

Fernando III mandó construir un castillo cristiano junto al alcázar moro, y la capilla lo consagró a Santa Catalina, patrona de la ciudad. Hasta el siglo XV no se mandaría construir la Torre del Homenaje que, como en tantos lugares de nuestra geografía, dominan como testigos silenciosos el lugar que un día defendieron de invasores, ejércitos y reyezuelos varios.

De asentamiento ibero a castillo cristiano, pasando por fortaleza mora y modificado por los franceses, que parece que no se quedan tranquilos si no dejan su huella en nuestras alcazabas y alcázares. Hoy, como casi todo lo que merece la pena ver, está cerrado esperando unas reformas que nadie sabe si se han hecho o si se harán. Eso sí, puede usted entrar al magnífico Parador anexo, que las obras fantasma sólo afectan a la cultura, nunca a los guiris en chanclas.

– Jaén, 28 de septiembre de 2013.

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