Interesados escépticos: los casos de Altamira y Orce.

La Historia en general, y la Prehistoria en particular, no son disciplinas agradecidas a la hora de investigar. Cuando se trae a colación el manido debate de si esto es una ciencia o no lo es, el principal argumento en contra es que el conocimiento jamás podrá ser completamente empírico y, sobre todo, absoluto. Me explico: tú encuentras hoy un hueso de un homínido y, tras analizarlo, concluyes que es el más antiguo de Europa. Te montas tu teoría, muy bien construida: de dónde viene el bicho, por dónde entró; si es el resultado de una evolución única que se propagó desde un punto concreto o si, por el contrario, hubo diversas evoluciones separadas en distintas regiones.

Una vez tienes la tesis elaborada, encuadernada, defendida y aceptada, viene un pavo cualquiera, encuentra un hueso más antiguo que el tuyo y ale, a tomar viento tu teoría. Si ya me dijo mi madre que me especializara en Medieval. 

Pero, ¿qué pasa cuando el tipo al que le chafan el argumento no se lo toma a bien? ¿Qué pasa cuando quien debe avalar el nuevo descubrimiento es una de las personas perjudicadas por él?

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“Desconfía de los clericales españoles”. El mea culpa de Emile Cartailhac. 

En 1880 un botánico cántabro publicó un modesto folleto de apenas unas páginas titulado “Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander”. Hasta el título rebosa humildad y prudencia, al igual que sus páginas. Ese botánico se llamaba Marcelino Sanz de Sautuola. Hoy le conocemos como el descubridor de Altamira.

Sautuola había tenido conocimiento de Altamira por un trabajador suyo que se encontró la cueva por casualidad mientras estaba cazando. La visitó un par de veces, la segunda con su hija, que fue la primera persona que entró en lo que conocemos como la Capilla Sixtina de la Prehistoria.

Asombrado por lo que estaba viendo, Sautuola estudió meticulosamente los hallazgos y escribió el folleto del que ya hemos hablado. Y una de las primeras cosas que hizo fue enviárselo al principal experto en Prehistoria de la época, el francés Émile Cartailhac.

Cartailhac no sólo mostró su escepticismo ante los hallazgos de Altamira sino que se aseguró de crear una corriente de opinión en contra. Y todo ello sin haber visto en persona las pinturas, pues en varias ocasiones se negó a aceptar la invitación de Sautola de visitar la cueva. Sin que mediara un solo estudio serio de por medio, Sautola fue considerado víctima de un engaño en el mejor caso -y creador del fraude en el peor-. A su desprestigio se le unió el de uno de los pocos investigadores que avaló su teoría, el paleontólogo valenciano Juan Vilanova, que se vio convertido en el hazmerrerír de los colegas de profesión.

Lo trágico es que Sautuola murió antes de que Altamira pudiera obtener el reconocimiento que él tanto buscó. Murió sin saber que, en 1902, su enconado enemigo publicaría el famoso texto “Mea culpa de un escéptico” en el que Cartailhac, tras transigir al fin en visitar la cueva, concluye que las pinturas son efectivamente obra de “trogloditas”.

Cartailhac se justificó a sí mismo arguyendo que alguien le previno contra los clericales españoles, pues aparentemente el hecho de que el hombre prehistórico pudiera realizar maravillas como la de Altamira ponía en entredicho las tesis de Darwin (¿?). Personalmente siempre he pensado que los investigadores franceses no querían que ningún descubrimiento hiciera sombra a los maravillosos hallazgos repartidos por el sur de Francia.

Un prestigioso investigador extranjero que censuró el descubrimiento sin haberlo visto con sus propios ojos. Eso fue lo único que necesitaron los coetáneos de Sautuola para crucificarle, en este país tan proclive a despreciar lo propio. Hoy le reconocemos como el descubridor de la más importante muestra de arte prehistórico. Pero él no vivió para verlo.

El equino de Orce. 

Si hablo de Atapuerca probablemente todo el mundo podrá situarse. Burgos, Sierra de Atapuerca, la Gran Dolina. El Homo Antecessor, encontrado por un equipo dirigido por el famoso paleontólogo Arsuaga. Fechado entre 1,2 m.a y 800.000 a. C., se convierte en el estado intermedio entre el Homo Erectus y el Neanderthal. Es decir: el eslabón perdido (uno de muchos). Y casi tan importante: el homo más antiguo de Europa.

Obviamente defender esto no iba a ser fácil para Arsuaga y Bermúdez de Castro. Aún hoy se discute si el Homo Antecessor es una especie en sí misma o una rama del erectus, si realmente fue antecesor del Heidelbergensis y otras batallitas llenas de nombres raros que seguramente al lector le importan bien poco.

Lo importante es que en los años ochenta se descubrió en el yacimiento de Venta Micena, Orce, provincia de Granada, una serie de restos óseos entre los cuáles el investigador Josep Gibert creyó identificar una especie llamada Hombre de Orce, que se anunció como el “vestigio humano más antiguo de Eurasia”, con una edad entre 900.000 y 1,2 m.a. Si bien ese hueso se identificó más tarde como perteneciente a un herbívoro, excavaciones posteriores en Orce, ya en el yacimiento de Barranco León, sacaron a la luz otros restos que podrían corresponder a homínidos.

Obviamente estos restos fueron desprestigiados desde el principio valiéndose del famoso hueso de caballo. ¿Quiénes fueron los escépticos de entre los escépticos? Evidentemente, los de Atapuerca, con Arsuaga a la cabeza. Mientras el yacimiento burgalés es reconocido en todo el mundo como hogar del Antecessor, Orce era tildado, como Sautuola en su día, con el sambenito del error o el fraude.

Fuente: Radiogranada.es
Fuente: Radiogranada.es

Afortunadamente, en marzo de este mismo año se demostró que el Hombre de Orce existió y que, para desgracia de algunos, es el homínido más antiguo de Europa con una cronología de 1,4 m.a. Un diente de un niño de unos 10 años consiguió pasar el filtro de la revista de paleontología humana más prestigiosa del mundo, la “Journal of Human Evolution”, colocando así a Orce en la categoría que se merece.

Ya sólo falta que algunos se den por enterados y en los libros de Historia empiece a aparecer el niño de Orce como lo que es: el más antiguo de Europa. Le pese a quien le pese.

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