Curiosidades sobre la batalla de las Navas de Tolosa

Hoy es 16 de julio, aniversario de la batalla que siempre se señala como el principio del fin de la Reconquista -término que utilizo con impunidad resistiéndome al machaconeo de los revisionistas porque, oigan, me da la gana, y que apenas merece unas líneas en un libro de texto cualquiera, no sea que se nos vuelvan locos los nenes, abandonen el afán multicultural multiétnico y multitodo y se nos echen al monte iPhone en mano a bloquear infieles en el Whastapp. Quita, quita.

No me voy a detener demasiado hablando de la efeméride en sí porque a) en Internet hay múltiples posts dedicados al tema y b) no tengo tiempo, pero no me resisto a hacer una pequeña entrada con algunas curiosidades que en su día me llamaron la atención.

Como dijo don Diego López de Haro: ¡aquí se viene a morir!
Como dijo don Diego López de Haro: ¡aquí se viene a morir!

1. Importancia de la batalla. Tradicionalmente se ha exagerado -para variar- y aunque parece que en la realidad no cambió tanto la situación lo que sí influyó fue el impacto que tuvo en los coetáneos. Así, para los cristianos de la época fue un espaldarazo importante -que ya les hacía falta, a los pobres, después de Alarcos y Salvatierra-, mientras que los moros, parece ser, hicieron la de los ingleses con la Guerra de la Oreja de Jenkins.

¿Fue realmente decisiva la victoria de los cristianos aquel lunes de 1212? Desde luego, pero no hay que olvidar que la presencia almohade en la Península ya estaba en franca decadencia, por lo que la victoria en las Navas contribuyó a acelerar ese proceso de descomposición que hizo volver de nuevo a las taifas. Porque no hay que olvidar que:

2. Los cristianos no eran los únicos que se veían “invadidos”; la relación entre los andalusíes y los almohades no era buena, y los primeros se sentían sojuzgados por una gente que, además, había venido con una nueva visión de su religión bajo el brazo, mucho más fanática y opresiva. De esto hablaré largo y tendido cualquier día que me acuerde, pero entre otras cosas forzaron al exilio al andalusí Averroes. En época almohade, además, muchos judíos y cristianos que habían vivido más o menos felizmente en Al-Ándalus se vieron forzados a emigrar a los reinos del norte, lo que sin duda debilitó al enemigo. Siempre me ha resultado curioso que teniendo este precedente los Reyes Católicos cometieran, varios siglos después, el mismo error a la inversa.

Por cierto que una de las consecuencias de la debacle almohade fue que varios reyezuelos decidieron independizar sus estados. Uno de ellos fue un señor de Arjona llamado Muhammad Ibn Nasr, también llamado Al-Ahmar (el rojo), quien fundó la dinastía nazarita en Granada, haciendo nacer la rivalidad entre los nazaríes granadinos y los almohades sevillanos (todo estaba inventado ya, como vemos), hasta el punto de que cuando Fernando III tomó Sevilla en 1248 los moros de por allí aún andaban echándole las culpas a los traidores granadinos.

3. Pero la importancia de las Navas en su contexto radica sobre todo en el hecho de que los coetáneos no habían visto nada igual; dicho de otra forma fliparon bastante ante el contingente que se reunió ante las murallas de Toledo. Y es que al contrario de lo que se suele pensar sobre la Edad Media, la batalla campal como tal fue siempre el último recurso, y en la vieja piel de toro moros y cristianos eran más dados a hacerse mutuamente la puñeta mediante diversas excursiones relámpago a la tierra del eterno rival.

4. Hasta tal punto se le fue la pinza a los testigos directos de la batalla con el campamento congregado en plan macroconcierto, que no tenemos una sola cifra fiable porque la gente de la época no estaba acostumbrada a contabilizar a tanta gente. El arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada, fue el que más infló la cifra de asistentes -ya ven que esto de los organizadores de un evento inflando cifras no es nuevo- y tan sólo en ultramontanos calculó 100.000 infantes y 10.000 jinetes, una barbaridad.

Lo único que le ha quedado a los historiadores, aparte de especular cifra arriba cifra abajo contrastando diversas fuentes, ha sido irse directamente al escenario de la batalla como ha hecho Carlos Vara, tomar medidas de los campamentos y echar cuentas de cuántos infantes, jinetes y peones cabían ahí metidos en amor y compañía.

5. El arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada, a todo esto, es otro de esos personajazos que han quedado olvidados para recuerdo tan sólo de aficionados a la Historia e investigadores. Hombre inteligente y culto donde los hubiera, organizador de la logística de la batalla, se encargó de ir distribuyendo la bula papal de Inocencio III que llamaba al combate y le tocó la papeleta de atemperar continuamente los ánimos de Alfonso VIII, que no era cosa baladí. En el documental El lunes de las navas se le señala como el primer historiador como tal de la historia de España, y suya es la principal crónica sobre la batalla en el marco de su magna obra De rebus Hispaniae. Batalla en la que participó formando parte de la famosa “carga de los tres reyes” pertrechado como un caballero más. Y es que según él mismo cuenta, cuando Alfonso VIII -viendo inclinarse la liza a favor de los moros- se giró hacia él para decirle lo de “Aquí morimos vos y yo” él le respondió “de ninguna manera”. No le faltaba cuajo al bueno de don Rodrigo.

6. Pero ni don Rodrigo pudo convencer al rey navarro Sancho VII de que acudiera a la llamada de Inocencio, y le hizo falta solicitar la ayuda de su colega Arnaldo Amalarico (arzobispo de Narbona y líder de los ultramontanos), que hubo de presentarse en Tudela y echar mano de toda su retórica y amenazas de excomunión para convencer a Sancho el Fuerte -efectivamente era alto y, como diría Cartman, fuertecito– de que dejara de lado su vieja enemistad con Alfonso VIII y se bajara a guerrear. Y es que resulta que los cuatro reyes cristianos de la época -Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón, Sancho VII de Navarra y Alfonso IX de León- distaban de llevarse especialmente bien, a pesar de estar casi todos emparentados por diversas ramas. Sancho se quejaba de que su primo Alfonso con su querido amigo y pariente Pedro le habían arrebatado unos territorios; el otro Alfonso, por otra parte, tenía una fuerte rivalidad con el castellano, agravada por el hecho de que había sido éste quien le nombrara caballero, o sea, había tenido que arrodillarse frente a él. De hecho mientras su primo estaba batallando contra los almohades, Alfonso IX aprovechó para arrebatarle unos cuántos castillos fronterizos.

Sancho el Fuerte. Más de dos metros y pico medía la criatura (fuente: Wikipedia).
Sancho el Fuerte. Más de dos metros y pico medía la criatura (fuente: Wikipedia).

Y a pesar de la reticencia mostrada por Sancho VII, es indudable el valor demostrado por los -pocos- navarros que acudieron a la Cruzada, empezando por el propio monarca, que según cuentan algunas crónicas fue quien rompió las cadenas que rodeaban el famoso palenque de Al-Nasir. Cadenas que supuestamente desde entonces forman parte del escudo de Navarra, aunque hay quien dice que estaban de antes. Sin ánimo de hacer polémica ni de meterme donde no me llaman, me resulta francamente curioso que muchos navarros de pura cepa renieguen de su histórica bandera en pro de otra de corte más reciente y que oficialmente representa a la región vecina. Por cierto que el escudo de Sancho, con el que acudió a la batalla era el precioso Arrano Beltza, hoy debidamente instrumentalizado por nacionalistas vascos de izquierda y derecha.

7. A todo esto, ni Sancho ni Alfonso IX habían olvidado el desastre de Alarcos en 1195, batalla que se perdió estrepitosamente contra el padre de Al-Nasir, Yusuf, por culpa de la impaciencia de Alfonso VIII, que no esperó a que llegaran las tropas de sus aliados leonés y navarro por querer reclamar toda la gloria para él solo y acabó haciendo un espantoso ridículo, cayendo en todas las trampas que le preparó Yusuf como el característico tornafuye -atraer a las tropas enemigas para desorganizar las filas- que era una de las estrategias características de los moros en combate. Fue el desastre de Alarcos lo que alimentó los deseos de venganza de Alfonso hasta cristalizar en las Navas.

8. Pero si hubo un detonante en sí fue la carta que el hijo de Yusuf, Al-Nasir, dirigió a la Cristiandad, provocándoles al tiempo que acantonaba una enorme tropa en Sevilla. Al Nasir, más chulo que un ocho, amenazó al Papa con plantarse en las puertas de Roma. Y a Inocencio III le faltó tiempo para dictar una bula papal convocando a la Santa Cruzada.

9. A pesar de que los que todo lo revisionan se emperran hasta en sostener que el concepto “España” es anacrónico en época de los Reyes Católicos, la verdad es que en esta época, siglo XIII, ya se habla de España y españoles. Las fuentes nos hablan de un discurso donde Alfonso VIII exhorta a sus aliados aragoneses, navarros y leoneses -su rey no acudió, pero algunos de sus caballeros sí- dirigiéndose a ellos como españoles. Aunque se ha dudado de la existencia de ese discurso, es obvio que el concepto existía, máxime cuando fue en las Navas de Tolosa donde nació el grito que se usaría en el resto de la Reconquista y que harían famoso los Tercios: Santiago y cierra España.

Monumento donde vemos a los tres reyes cristianos guiados por el pastor Martín Halaja, a quien muchos identificaron con San Isidro (fuente: Esacademic.com).
Monumento donde vemos a los tres reyes cristianos guiados por el pastor Martín Halaja, a quien muchos identificaron con San Isidro (fuente: Esacademic.com).

10. Y finalmente no me resisto a mencionar algo que más bien podría ser materia de estudio para Iker Jiménez, y es una curiosa casualidad que ocurrió después de la batalla, cuando los cruzados tomaron Baeza y finalmente Úbeda, ciudad que fue arrasada por unas tropas hartas de luchar, muertas de hambre y mermadas por la disentería. Dice la leyenda que, cual ataúd de Tutankamón, la matanza de Úbeda dejó una suerte de maldición en los que la pasaron a cuchillo, y es que muchos de los que entraron morirían poco después: Pedro II fallecería al año siguiente, enfrentado curiosamente a los mismos cruzados franceses que habían combatido a su lado en las Navas, en el conflicto de la guerra contra los cátaros. Alfonso VIII falleció en 1214, al igual que su alférez/adalid Diego López de Haro. Sancho VII, el único que se quedó fuera, no fallecería hasta 1234 por problemas de circulación. Curiosos destinos para los reyes de las Navas; batalla que, por cierto, recibió su nombre porque al arzobispo Arnaldo Amalarico se le figuró llamarla como la Tolosa francesa. Ya veis cómo son estos curas. 

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