Homenaje a un rey inteligente

A estas alturas de la vida, huelga aclarar, yo no espero ni un mínimo de rigor histórico en la televisión y el cine. Ni rigor ni vergüenza. Creo que fue en la Troya de Brad Pitt vigoréxico donde tuvieron el cuajo de mostrar un mosaico con el perfil de lo que hoy conocemos como Europa mediterránea y tal. Mediterranean Sea, se leía en el supuesto mosaico griego. Así, con un par. Desde entonces la verdad es que me da bastante igual todo. Y si en una peli de romanos como es Gladiator se lanzan octavillas impresas, pues me encojo de hombros e intento no tener cerca ningún objeto punzante.

El caso es que el otro día me indigné realmente, y lo hice viendo una serie de estas modernas que pretenden ambientarse en el pasado sin apenas haberse leído el capítulo correspondiente de la Wikipedia. En fin. La serie en cuestión se llama Da Vinci’s demons y nos cuenta las andanzas del célebre genio multidisciplinar, siendo su único y principal atractivo el presentar a Leonardo como un joven bastante ídem. Que no es que yo me oponga a actualizar la imagen de los grandes personajes de la Historia para atraer el interés. Para nada.

En el capítulo quinto de la susodicha serie aparecen nuestros Reyes Católicos, a los que Lorenzo Medici, El Magnífico para los amigos, intenta atraer para que depositen la nómina en su banco; así que allí se plantan en Florencia, nada más y nada menos -para que nos quejemos de la próxima vez que tengamos que hacer cola en la sucursal de nuestro barrio-, a ver si al menos les regalan una vajilla o un iPad por un depósito a plazo fijo.

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Pos mu bien.

Ya me empezó a hervir la sangre al ver a la reina Isabel vestida con una peineta. O sea: una peineta. Sí, de las que se empiezan a utilizar en España en el siglo XIX. Cuatro siglos adelantaron, nada más y nada menos, el uso de la peineta los genios de la seriecita de marras. Podrían haberlo redondeado vistiendo a Fernando de torero, pero supongo que combinar un traje de luces con la moral atrasada-cristiana-fascistoide y ultracatólica con la que presentan a Isabel -en varias escenas de la serie se enfrenta la cerrazón hispana con la apertura de miras de los florentinos, que van así como de modernillos y presumen de reventar gente a palos en una rueda- les parecería demasiado. Gracias a Dios.

Anécdota de la peineta aparte (yo de estos yanquis tampoco es que espere ni rigor ni seso para cultivarlo) lo que realmente me imbuyó el fuerte deseo de ir a buscar una pica cual tercio viejo de Flandes fue la presentación del personaje de Fernando: hombrecillo feote y apocado que ni pincha ni monta (tanto), una especie de calzonazos que sólo se atreve a dar su opinión sincera cuando no está la Isa rondando con su gesto de bulldog.

Y lo de la peineta, pase. Pero que se metan con mi Fernando, ya sí que no, ¿eh? No.

Lo peor es que esta imagen no es un hecho aislado sino el reflejo del tradicional ninguneo a un personajazo, un gran rey y un astuto político como fue el señor Fernando de Aragón. Uno de los mejores reyes, sin ninguna duda, que se han visto jamás por el terruño ibérico.

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Hablemos de Fernando II de Aragón, V de Castilla. Fue hijo de Juan II de Aragón -Isabel también fue hija de otro Juan II, pero de Castilla, claro- y heredó una tierra difícil de gobernar como pocas, con las arcas vacías y en peligrosa contienda con Francia. La Corona de Aragón fue un reino, digámoslo así, especial. Formada en realidad por tres reinos (lo que hoy en día viene a ser Aragón en sí, los condados catalanes y Valencia) que constituían un conglomerado de lo más pintoresco con intereses contrapuestos entre los habitantes de uno y otro lado. Monarquía que tenía la peculiaridad de ser pactista, con nada más y nada menos que tres cortes, en la que el rey tenía que someter sus decisiones a cada uno de estos tres brazos. Ahí lo llevas.

Había que ser muy astuto para gobernar a esta gente y salir airoso, y Fernando la verdad es que lo era. Porque Fernando no era ni un débil sometido a su esposa ni un calzonazos: era un tío jodidamente listo. En su época se le consideró un modelo de político moderno, y el propio Maquiavelo le pone de ejemplo. En efecto, es difícil leer El Príncipe y no ver a Fernando de Aragón como ese gobernante que utiliza todas sus artimañas para conservar su reino y su reputación.

Como Isabel, era un señor sumamente pragmático. En ese sentido, y aunque los Reyes no se conocieran antes de la boda, no hay duda de que encontraron el uno en el otro su auténtica media naranja. El lema “tanto monta, monta tanto” tiene su origen en la anécdota de Alejandro Magno y su nudo gordiano, que cortó por lo sano en lugar de desatar a la voz de “tanto monta”. O sea, lo mismo da. Así era Fernando.

Fue infiel a su esposa -como casi todo el mundo en aquella época-, pero procuró que Isabel no se sintiera humillada y no hacer alarde de ello. En la Guerra de Granada, hizo suyo el principio de “divide y vencerás”, apoyando a Boabdil para que pudiera hacer la guerra contra su padre Muley Hacén, y su tío El Zagal, convirtiendo al Rey Chico en tributario; Isabel y él, cómodamente comiendo piononos en Santa Fe, no tuvieron más que esperar a que el debilitado último reducto musulmán en la Península cayera, debilitado por las luchas internas, tras el feroz asedio.

Cuando Isabel murió, la corona de Castilla pasó a manos de su hija Juana (la Loca), ya casada con Felipe el Hermoso. Se produjeron tensiones entre suegro y yerno, y éste último intentó aliarse con Francia, pero Fernando se adelantó a sus movimientos, ganándole la partida, matrimoniando con la hermana del rey francés, Germana de Foix. El astuto aragonés no había dudado en llevarse a la cama a su tradicional enemigo para proteger su reino. Aunque ni siquiera él pudo evitar que Castilla, más proclive al Hermoso, acabara rechazándole. Cuando vio que seguir con la disputa no tenía ningún sentido, se retiró a su reino. Volvería más tarde, tras la muerte de Felipe. Supo mostrarse entonces duro con los conatos de rebelión, que sofocó de forma expeditiva y tajante.

Fernando el Católico murió, supuestamente, por el abuso de un brebaje afrodisíaco (¿?).

La visión machista imperante en la época atribuyó posteriormente a Fernando todo el mérito de la política de los Reyes Católicos, aunque los cronistas castellanos siempre se preocuparon por alabar a su reina e infravalorar al aragonés. A partir del siglo XIX, se dio la vuelta a la tortilla, y esta tendencia se hizo imperante. De ahí la blanda visión que de Fernando el Católico tenemos hoy en día. Así que sirva este post a modo de humilde homenaje a esa rara avis que últimamente echamos de menos en España: un gobernante inteligente.

¡Viva el rey Fernando!
¡Viva el rey Fernando!
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