El experimento Noruega

Yo lo he llamado así porque tenía que ver con Noruega y porque, efectivamente, fue un experimento puro y duro. No tenía ni idea de lo que iba a pasar y los resultados me sorprendieron bastante. Todo surgió a partir de la lectura de un artículo llamado Atrapados en el norte, publicado hace ya tiempo, en el que se contaba las peripecias -desgraciadas- de un puñado de españoles que había emigrado a Noruega atraídos por lo que se ha llamado el “efecto Españoles por el mundo”. El artículo me sorprendió en su día, porque presentaba una visión de la emigración inédita para mí. Por entonces, la diáspora de jóvenes rumbo a varios puntos de Europa estaba a punto de estallar. Así que me pareció interesante llevármelo a clase. A ver qué pasaba.

Norway, por mishox
Norway, por mishox

Utilicé como conejillos de Indias a los más mayores, mi grupo de 1º de Bachillerato, y una clase de 3º de ESO que por su composición y nivel juzgaba más o menos preparada para meterse en un debate de tal calado. El instituto está en un pueblo eminentemente rural con una fuerte presencia de inmigración, principalmente de origen rumano, y varias veces había notado actitudes de rechazo en mis nenes. Como es un asunto tan complejo en el que yo misma tengo problemas para posicionarme, me dije que a ellos tampoco les vendría mal conocer la otra cara de la misma moneda. 

El artículo hablaba de las experiencias particulares de un buen número de españoles, identificados con nombre y apellidos. Camino a clase se me ocurrió lo que finalmente acabaría haciendo, y es que en vez de leerlo tal cual engañaría un poco a los chavales para hacerles creer que esas -duras- experiencias que relataba no se referían a españoles como ellos y como yo, sino a extranjeros viviendo en España.

Así que me planté frente a la pizarra con el artículo en la mano -pero sin dejar que lo vieran- y escribí lo siguiente:

NOMBRE: 

NACIONALIDAD: 

DESTINO: 

En el apartado de nombre coloqué un interrogante, en el de nacionalidad las que me fui inventando sobre la marcha -rumano, ecuatoriano, senegalés, marroquí-, y en destino, siempre, ESPAÑA.

Ambos grupos reaccionaron de la forma que había esperado. Con más vehemencia los mayores que los enanos, como es lógico, se formó un debate que empezó siendo calmado y acabó siendo virulento en torno a la inmigración y los inmigrantes. Obviamente yo ya imaginaba por dónde iban a ir los tiros, y ya sabía quién se posicionaría a favor, quién en contra, quién sería más moderado y quién más extremista.

En uno de los casos del artículo se comentaba que un político del país de destino -que ellos pensaban era España- había abogado por echar a los inmigrantes que no pudieran acreditar tener un trabajo. Les pregunté qué les parecía, lo que avivó aún más el debate, que llegó a su punto álgido al leer el caso de una persona que llevaba un centro que ofrecía comida y cobijo a quienes no podían permitírselo, y que afirmaba que en los últimos meses casi todas las personas que lo visitaban eran extranjeros.

– ¿Qué os parece que con el dinero de nuestros impuestos se esté pagando comida y cama a gente que ha venido sin saber nuestro idioma y que por eso no puede encontrar trabajo?

Algún inteligente replicó “¡pero si en España no hay trabajo!” pero la mayoría, benditos ellos, prorrumpieron en aullidos infernales.

Cuando conseguí meter de nuevo a Belcebú en su jaula y volvieron a prestarme atención, les confesé que les había engañado como a pardillos, me dirigí a la pizarra, borré lo que había escrito y escribí de nuevo:

NOMBRE: Manolo

NACIONALIDAD: Española

DESTINO: Noruega

Se hizo un silencio sepulcral, absoluto, mientras los engranajes de sus cabecillas chirriaban asimilando la nueva información.

– ¿Qué os parece que con el dinero de los noruegos se estén pagando albergues y comida a españoles que se han ido allí sin trabajo y sin saber ni noruego ni inglés?

En mi clase de 3º de ESO, algunos se quedaron parpadeando mirando al horizonte y otros -pocos- continuaron el debate sacando conclusiones y cambiando, en algunos casos, sus posturas iniciales.

Con los mayores, sin embargo, se desató de nuevo el Apocalipsis. Los alumnos que inicialmente habían sido más tolerantes a la emigración se giraron hacia los demás para espetarles haber llevado la razón, y estos últimos no reaccionaron nada bien. Unos se mantuvieron firmes en su postura, postulándose a favor de echar a los españoles de Noruega. Otro replicaba: “¡pero si son españoles no es lo mismo!”. 

La reacción que más me impresionó, sin embargo, fue la de una chica que -por otro lado una persona encantadora, inteligente, de posturas muy razonables- se vio tan sobrepasada por esa nueva visión que le había presentado que pidió permiso para salir de clase y tranquilizarse. Por motivos familiares había sufrido de cerca el paro generado por la alta presencia de mano de obra inmigrante -o, mejor dicho, por esos terratenientes que preferían contratar a los trabajadores más baratos en régimen casi de explotación- y fue sencillamente incapaz de contemplar el asunto con objetividad, de alejarse de su propia experiencia y de ver a esos españoles de Noruega como la otra cara del espejo de esos inmigrantes que “le habían quitado” trabajo a su familia.

De una forma o de otra, creo que mis alumnos aprendieron mucho ese día; y yo, aún más. Diversas reacciones, diversas posturas, y formas muy distintas de comprobar que el pensamiento preestablecido no era el correcto. Confrontar dos versiones de la misma realidad tuvo efectos muy positivos en algunos, y no tan buenos en otros, pero quiero pensar que todos comprendieron que no hay una sola verdad, y dispusieron de la información necesaria para crear la suya propia. Y a fin de cuentas, de eso tratan las Ciencias Sociales, y ésa es la labor que todo profesor de esta asignatura debería desarrollar: animar a elaborar su propio pensamiento, su propio razonamiento crítico, su propia forma de ver el mundo a partir de los datos disponibles.

Enseñar, en otras palabras, a pensar.

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