La muerte a la derrota.

Cuando uno repasa diversos acontecimientos de la Historia de España se da cuenta de con cuánta frecuencia encontramos intervenciones divinas en asuntos que nada tienen que ver con el cielo -aunque sí bastante con el infierno-. Aquí, como siempre, está todo inventado. Desde que el emperador romano Constantino hiciera del cristianismo su caballo de batalla tras tener una alucinación muy oportuna y ver en el cielo un crismón, así como con brillo de neón, con la leyenda In hoc signo vinces porque con Dios, ya lo dijo otro emperador, Carlos V, se habla en latín-. Desconozco con cuánta frecuencia el de allá arriba decidió empuñar las armas por otras tierras, pero lo que es seguro es que en España, desde antes de ser España, a santos, santas y vírgenes por igual no les tembló el pulso a la hora de bajar al suelo y alistarse para la causa. Eso, o que el español es un tío tan humilde que no le importa ceder a las divinidades el mérito de las victorias; como dijo Zeus en La Odisea, pero al revés.

Aquí tenemos de todo. Tan pronto aparece uno de los doce apóstoles en persona rebanando cabezas de moros en la batalla de Clavijo, como es la virgen de Covadonga la que echa una mano al buen Pelayo en la liza homónima. O te encuentras al madrileño San Isidro haciendo de Labordeta en mitad de Despeñaperros, guiando a Alfonso VIII y compañía. Parece que no somos felices si no podemos resolver una guerra solitos, sin ayuda de tal o cuál santo; como queriendo demostrar que hubo una época -ahora está claro que no- en la que Dios, como se suele decir, era español.

Mi historia favorita, sin embargo, siempre ha sido la menos conocida. Avanzamos un poco en el curso de los acontecimientos y cambiamos una era por otra: vayámonos a la Edad Moderna y veamos a España sosteniendo su difícil campo de batalla internacional, y a sus soldados en la famosa sepultura de los Tercios: Flandes.

Estamos en 1585 y el Imperio español, bajo la cruz de Borgoña, está inmerso en la Guerra de los 80 años contra los que acabarían siendo los Países Bajos. En la isla de Bommel el almirante Holak ha conseguido abrir y un dique y aislar, en clara inferioridad numérica, a la legendaria infantería española. Cinco mil soldados de los Tercios se disponen a morir.

Rocroi, el +¦ltimo tercio de Ferrer Dalmau (fragmento)

Holak les propone una rendición honrosa y la respuesta de los Tercios es clara: “los infantes españoles prefieren la muerte a la derrota. Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. 

Y aquí es donde la Historia se convierte en leyenda.

Un soldado encuentra una imagen de la Inmaculada enterrada en una trinchera. El icono recibe la adoración de esos cinco mil hombres preparados para la muerte y, en la madrugada del siete al ocho de diciembre, un frío intenso congela el agua que los tenía rodeados. Con lo que los Tercios, la mejor infantería de Europa, atacan a los flamencos atrapados, luchando sobre hielo como lucharían sobre tierra, y consiguen llevar a cabo lo que se conoce como el milagro de Empel. Los soldados, convencidos de que había sido la Inmaculada quien había helado el agua que les rodeaba, la convierten -hasta hoy- en su patrona.

No es sin embargo la supuesta ayuda mariana la que hace de esta historia mi preferida, sino el perfecto retrato que se hace de la infantería española. De ese Tercio Viejo de Flandes compuesto por esa figura tan socorrida como autóctona, la del hidalgo que lo ha perdido todo menos el honor y el orgullo. Esa figura tan heredera de la Reconquista, que configuró una estirpe muy particular de guerreros y ciudadanos que sólo puede ser comprendida en el marco de unos territorios donde el estado de guerra era una constante. Soldados que recibían una miseria de paga pero que aún así siguieron luchando, tenaces, arrollando al enemigo con esa disposición tan sencilla como innovadora, inspirada en las antiguas legiones romanas. Porque no luchaban por dinero: lo hacían por honor. Lo hacían por su rey. Lo hacían por España. Mejor dicho: por el Imperio.

En tiempos como los que corren aún me pregunto si queda algo de ese viejo espíritu en el español de hoy en día, también empobrecido. Me pregunto si no deberíamos volver a las raíces de lo que fuimos y en el fondo somos. Si llegará el día en el que, también nosotros, nos plantemos frente al Holak de turno para decirle, simple y llanamente, que preferimos la muerte a la derrota.

Mientras tanto, siempre nos quedará el consuelo de recordar a los viejos héroes, en un país que se desmorona porque no se reconoce a sí mismo. Un país donde se echa de menos la presencia de esa casta de ciudadanos guerreros, duros como la seca tierra que labraban, a los que podían robarles todo menos el orgullo.

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