Defensa de la educación pública (por parte de una alumna de concertada).

Me lo dijeron antes del verano, y por aquél entonces ya circulaban en claustros y salas de profesores rumores sobre lo que pensaba hacer nuestro flamante Ministro de Educación. A punto de acabar 2012 -probablemente el año más nefasto para las familias españolas desde que tengo uso de razón- no creo que haya nadie que dude de cuál es el verdadero propósito del tijeretazo y la reforma educativa. El objetivo, evidentemente, es dinamitar la educación pública.

Esto es algo totalmente coherente con los principios ideológicos del partido gobernante, por supuesto. También es coherente con el modus operandi de los intereses a los que sirven. Podemos englobarlo en el auge de la subcontrata. ¿Para qué gestionar algo directamente cuando podemos pagar a una empresa para que lo haga? La respuesta es obvia: para que algún intermediario pueda poner la mano y llenarse los bolsillos con el dinero de todos. Intermediarios que no son anónimos sino elegidos a dedo por el señor que maneja el cotarro. Ofreciendo, por supuesto, un peor servicio que el que se ofrecería si lo gestionara directamente el Estado. La estrategia, hay que reconocerlo, es brillante.

Contemplo con preocupación cada borrador de la infame LOMCE, como casi todo el mundo, y me horroriza cada ataque a la educación pública, como a todos. La diferencia es que yo lo hago, y puede parecer curioso, como alumna, desde EGB hasta bachillerato, de enseñanza concertada. Puede parecer hipócrita, pero os aseguro que no lo es. Y es que como alumna de la concertada, y más tarde profesora en la pública, he llegado a contrastar ambos mundos y a entender muy bien cuáles son los problemas que puede acarrear esa enseñanza privada pero subvencionada por el Estado.

Estudié EGB y ESO en un colegio situado justo en el centro de mi ciudad. Un centro concertado religioso, de los de uniforme, rezo para comenzar el día y misa una vez al mes en la capilla. Un centro precioso, por cierto, ubicado en un antiguo palacete rehabilitado, que incluso alberga los restos de unos baños árabes en el sótano. Dos edificios, cinco patios, un par de laboratorios, una sala de informática, y un auditorio la mar de coqueto. ¿La razón por la que mis padres, fervientes defensores de todo lo público, me llevaron allí? Fácil: el servicio de comedor, que entonces disponían muy poquitos colegios en mi ciudad.

No quiero caer en el tópico. Quede claro que las monjitas me dieron una educación excelente. Pero excelente. Hoy entiendo que fui una privilegiada por encontrarme con unas educadoras tan avanzadas a su tiempo. Jamás sentí que me impusieran el catolicismo; al revés, había alumnos de otras religiones a los que no se obligaba en absoluto a participar en misas y convivencias. Las misas eran amenas y en ellas el cura del cole nos hablaba de temas actuales que podían preocuparnos; los rezos antes de clase eran un catalizador estupendo para enfocar nuestra atención y dar inicio al día, y en ellos también se dedicaba la mayor parte a leer textos que, más que en religiosidad, nos educaban en valores. Jamás me asustaron con el infierno y esas cosas, y sí que vinieron muchos misioneros y misioneras cercanas a la orden a darnos charlas sobre los problemas del Tercer Mundo. Prácticamente cada par de meses había colectas y campañas que acababan en diversas ONGs. El nivel que recibí era también muy bueno, como tuve ocasión de comprobar al cambiar de centro. De verdad que sólo guardo buenos recuerdos y un infinito agradecimiento a las personas que me educaron en ese colegio.

Los dos años de bachillerato los hice en un instituto, esta vez ya en mi barrio, y quiso la casualidad que el IES público estuviera más allá de una carretera bastante chunga, mientras que del concertado a mi casa había apenas dos pasos. Este instituto forma parte de un pequeño grupo de centros fundados por una asociación religiosa. Son tres, los tres con el mismo nombre, e idéntica construcción. Allí había una vocación, si se me permite, ligeramente más laica. Allí no había rezos ni misas, y el único resquicio católico era alguna foto del Papa que da su nombre al centro.

Una vez expuesto esto, he aquí las razones por las que considero que es mucho mejor una educación pública:

1. Lo estáis pensando y es por lo que voy a empezar. Evidentemente, porque como docente formo parte de ella. Pero esto, más que defender mis intereses personales, es el final de un proceso que se basa en la equidad. ¿Por qué soy profesora de pública y no de concertada? La respuesta es fácil: porque no conozco a nadie que pueda enchufarme en un colegio o instituto concertado, un colegio que, repito, se gestiona a dedo con el dinero público. Cuando estaba en el instituto, se daba la situación de que todo el mundo era primo, sobrino, hijo o amigo de alguien. Eso repercutía en la calidad de la educación. Yo por entonces no lo sabía, pero esos profesores que me daban clase no eran los mejores profesores que se habían puesto a disposición del instituto, sino los que más grado de enchufismo tenían.

En la educación pública, sin embargo, uno puede estar seguro de que quien está dentro ha tenido que superar una serie de pruebas muy duras. Cuando el año pasado accedí a un puesto de interino, mis alumnos podían tener la certeza de que era la mejor profesora de Historia disponible para ellos en esos momentos. La primera en una bolsa de trabajo ordenada estrictamente por una nota obtenida tras dos exámenes ante un tribunal. No es lo mismo haber sacado una nota alta después de un examen teórico y una exposición práctica, que haber entrado a las aulas por ser hijo o sobrino de.

Aula de informática 2
Aula de informática 2 – Fuente: Flickr

2. Por los recursos. Todos conocemos el caso de la sanidad: privados que se ahorran pruebas aunque dañen al paciente, y públicos que piensan antes en el enfermo que en lo que gasta. Yo, en este caso, voy a poner un simple y descriptivo ejemplo.

En mi colegio de monjas había dos laboratorios, uno de Física y Química y otro de Biología o Geología. Creo. Recalco el creo porque, en realidad, sólo llegué a estar dentro de uno de ellos. Fue en 4º de la ESO (último curso que se podía estudiar allí), y formando parte del grupo de Ciencias. Estuvimos una media hora, y ni siquiera recuerdo para qué. Nos sentamos en mesas impolutas, rodeados de armarios impolutos, repletos de instrumentos impolutos y, huelga decirlo, no nos dejaron tocar nada. Repito: era alumna del último curso y en el grupo con todas las asignaturas de Ciencias de optativas. Si nosotros no usábamos el laboratorio, ¿quién lo hacía? La respuesta es obvia: nadie.

El año pasado, trabajando de profesora, crucé varias veces por el único laboratorio del instituto. Repleto siempre, incluso a veces en horas de recreo, y usado para varias actividades que mezclaban lo lúdico con lo formativo y hacían que los chavales pudieran empezar a valorar la actividad científica como algo más que un par de fórmulas en un libro. El laboratorio, aunque aseado, era menos impresionante que el que tenían tan celosamente guardado las monjitas del cole. Puede que tuviera menos instrumental y materiales, pero al menos, los que había, mis alumnos lo usaban. Y aprendían.

3. Por la independencia. Me ocurría muchas veces cuando planeaba una lección sobre algún tema delicado: Guerra Civil, guerras mundiales, Estado de Israel… ¿Cómo lo planteo? ¿Le echo la culpa a unos o a otros? ¿Les digo que no hay culpas? ¿Les animo a encontrar ellos al culpable? ¿Les suelto el rollo de siempre?

Bien. En un cole o instituto concertado, tan dilema no existe. Allí, guárdate de exponer una lección de una forma que no guste al director del centro. Al contrario que un director de la pública, él puede hacer algo para disuadirte de enseñar a tus alumnos a pensar con independencia: despedirte.

4. Hilando con la anterior, por la dignidad en el trabajo. En un instituto público, eres un funcionario con unas condiciones reguladas -aunque luego venga el gobierno de turno y se las salte a la torera-. El director no es tu jefe, no puede obligarte a realizar tareas que no entran dentro de tu trabajo. En un concertado, el director puede exigirte que te encargues de actividades que no te corresponden, ampliarte el horario a placer o no tolerar la mínima crítica sobre su forma de dirigir el centro.

5. Porque no es justo. Porque no es justo que un señor contrate a su sobrino o a su amigo pagándole con el dinero del Estado para hacer un trabajo que pueden llevar a cabo una serie de profesionales que hemos tenido que superar unas oposiciones. Porque esto no se trata de creernos mejores o privilegiados, sino de haber demostrado de una forma objetiva que estamos plenamente capacitados para el puesto. Para educar a vuestros hijos. Al futuro. 

Obviamente habrá grandes profesores en la concertada, y algunos muy malos en la pública. El sistema no es perfecto. Pero si todo fuera igual, si todos fuéramos contratados a dedo, lo sería aún menos. Entonces no importaría tanto el estudio o tus dotes dando clase, sino aspectos como el físico o el grado de afinidad con quien te contrata. Como en cualquier empresa. Y el futuro de nuestros chicos, de los que algún día deben luchar en un país roto, es demasiado importante -pienso yo- para que lo gestione una pandilla de empresarios.

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