De libros electrónicos (y) piratas.

Hace más de un año tomé una de las decisiones más importantes y trascendentales en la vida de cualquier lector empedernido que se precie: comprarme un ebook reader –en este caso, un Kindle-.

Kindle 3 por Witer.

No lo voy a negar: en principio, semejante decisión fue motivada –además de por la comodidad de llevar cientos de libros en un dispositivo tan cómodo y ligero- por la posibilidad de tener al alcance miles de obras de gratis total. Para alguien que lee una media de dos o tres libros al mes, el vicio puede ser perjudicial para el bolsillo. Por supuesto, hay bibliotecas, hay ferias del libro antiguo, y hay formas de conseguir lectura al peso. Pero estas alternativas no siempre se adaptan a nuestras necesidades, situación o preferencias personales.

La compra fue un éxito total, probablemente una de las mejores inversiones de mi vida. Sé que hay gente que denigra el uso del ebook porque no puedes sentir el tacto de las páginas, ni aspirar el olor de un libro recién comprado: un argumento tan bucólico y romántico como rematadamente estúpido, que cae por su propio peso ante la tremenda utilidad de un cacharrito que te ahorra tiempo y espacio.

Cuando recibí mi Kindle en casa, en lo último que pensaba era en descargar –comprando– libros de alguna tienda on-line para mi dispositivo. El precio de los ebooks me parecía –y me parece- exagerado; en muchas ocasiones, apenas se diferencia en unos euros de su versión en papel, lo que me parece un atraco a mano armada. Sirva de ejemplo Los asesinos del emperador, de Santiago Posteguillo, un libro publicado en 2011 que ahora mismo, se puede encontrar en versión digital en La Casa del Libro por la módica cantidad de 15 euros. ¡15 eurazos, por un archivo que descargar en tu ordenador!

Ése era el panorama cuando yo me compré mi amado Kindle. Y, sin embargo, la situación cambió, y lo hizo, irónicamente, impulsado por el mismo motor que cambió drásticamente la industria de la música y está cambiando la del cine: la piratería. Porque no fui yo la única que decidió prescindir el olor a nuevo de las páginas de un libro: las ventas de los lectores digitales se dispararon, modelos atractivos y económicos llegaron a los grandes almacenes, y hoy en día es un accesorio común en cualquier autobús o vagón de metro.

¿Qué aparejó ese boom de los libros electrónicos? Que la piratería de libros empezara a ser una realidad. Una realidad perjudicial, masiva, que obligó a que la industria modificase sus patrones. Las mentes pensantes que creyeron que nos gastaríamos 15 euros en un archivo epub se dieron cuenta de que no somos tan idiotas. Aparecieron libros electrónicos a 5, 3 o incluso menos de 1 euro, ejemplificados en los célebres Amazon Flash que nos proporcionan muy buena lectura a un precio casi irrisorio. Y así, sí, me planteé por primera vez lo que ni siquiera había considerado al comprar el lector Kindle: comprar un ebook.

Actualmente, en mi Kindle hay más libros comprados que bajados de por ahí. Y ésta es una lección que las grandes mentes deberían haber aprendido hace tiempo: no nos importa pagar, si el producto lo merece y el precio es ajustado, aunque podamos conseguirlo gratuitamente. La comodidad de elegir un libro en la tienda de Amazon desde el mismo Kindle y tenerlo, en un click, en tu dispositivo, no la sustituye ninguna página web ni el Calibre. Los amantes de la literatura, la música o el cine somos plenamente conscientes de que es nuestro dinero quien hace rentable el producto que nos gusta consumir. No nos importa pagar. Lo que no queremos, es que nos estafen.

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