Educación

Vas por la carretera, conduciendo por el lado derecho como toda buena persona que no tenga alma de cani o de subnormal. Por el retrovisor controlas perfectamente el carril izquierdo, que presenta poca circulación o se encuentra directamente vacío. A la derecha aparece un carril de incorporación, y entonces es cuando adviertes, con el rabillo del ojo, que otro vehículo surge de él, acelerando para meterse en la autovía.

Tú, que eres buena persona y no conduces un Seat León tuneao, compruebas rápidamente el carril izquierdo, una vez más, y te echas a un lado para facilitar que el recién llegado pueda incorporarse sin obstáculos. Tú, que tienes buena educación, sigues conduciendo tranquilamente a tu velocidad habitual, con el objetivo de volver a colocarte en tu carril derecho en cuanto rebases al vehículo. Y tú, que eres idiota, te quedas con cara de ídem cuando ves que el capullo al que has facilitado la incorporación acelera con ahínco con el único objetivo de impedirte a ti el volver a tu carril.

El conductor español que no haya vivido esta situación, o bien utiliza su carnet únicamente para envolver bocatas de chorizo, o es el capullo del Seat León tuneao. 

No soy yo de esas personas que va denigrando lo local por sistema. Mi país tiene sus cosas buenas, sus cosas malas y sus cosas regulares; como todos, dicho sea de paso. Lo que no se puede negar es que estamos viviendo un descenso en picado de eso que algunos llaman civismo, otros valores, y que se puede englobar en una simple y bella palabra: EDUCACIÓN. Nuestro comportamiento en las carreteras es sólo un ejemplo de hasta qué punto nos la refanfinfla la vida del conductor de al lado, incluso aunque nos haya facilitado una maniobra. Pero hay más.

Vivo en una casa, con patio. Mis vecinos, desgraciadamente para mí, también. Y me fascina hasta qué punto pueden olvidar que no están aislados en mitad del campo, sino pared con pared al menos con otras tres familias.

Desde gente que riega con manguera de forma tan descuidada que el agua te cae a ti. Desde el típico cateto que se cree que por estar en su patio puede armar el follón que quiera, a la hora que quiera, el día de la semana que quiera. Pasando por perros -todo el mundo tiene perro- que miccionan y defecan a las puertas de otros, sin que sus dueños tengan la consideración de pensar, por un segundo, que a ellos no les gustaría encontrarse eso al abrir la verja de su casa.

Justo frente a mi patio está el de un apacible matrimonio cuyos hijos ya volaron del nido y ahora se presentan, de vez en cuando, con algún churumbel. La más pequeña se llama Ángela, y lo sé porque, cada vez que viene, se pasa el día en el patio con una madre que no para de berrear su nombre. No sé a qué hora come Ángela, pero a las cuatro de la tarde ya está chapoteando en la piscina mientras su madre, sus tías y su abuela no paran de llamarla como si les dieran un premio por gastar el nombre.

Y yo no sé en qué momento todo esto empezó a ser normal. No sé en qué momento a una madre o a una abuela les pareció plausible y decente que un bebé de tres años se bañara en la piscina a la hora de la siesta armando el máximo ruido posible. Porque lo primero que yo aprendí en mis visitas a casa de mis abuelos es que a determinadas horas en el patio no se debía hacer ruido por no molestar a los vecinos. Aprendí que, de tres a seis, el lugar de un niño estaba dentro de la casa, sobre todo cuando más incide el sol veraniego. Aprendí a no dar voces más allá de las nueve de la noche, tanto allí como el bloque de pisos donde he crecido. Nadie me tuvo que enseñar a no poner la música demasiado alta, ni a no dejar que mi perro ensuciara las puertas de los demás, igual que nadie me tuvo que enseñar a no robar o a no pegarle patadas en las espinillas a los ancianitos con bastón.

Hablando con alguien, me dice que el problema igual es que estas cosas no se enseñan en las escuelas. Que en Educación Cívica para la Ciudadanía y en Valores y Moral (ya no sé ni cómo se llama) deberían enseñar todo esto. Y yo me horrorizo, imaginándome un capítulo titulado “Por qué tus vecinos no deberían tener que soportar eso a lo que tú llamas música.”. En una pregunta de un examen que rece “Explica por qué tirar una piedra sobre las personas que pasen bajo tu balcón está mal. Justifica tu respuesta (1 punto)”. En esas mil y una cosas que nosotros aprendimos de forma tan natural como respirar, y aparentemente vamos a tener que incluir en el temario escolar de toda la generación de retrasados mentales.

Pero. Al instante me doy cuenta de que en realidad lleva toda la razón. También me doy cuenta de que la culpa no es suya. La culpa es de esos padres que no les dan un pescozón cuando chillan a las once y media de la noche. Igual que un pajarillo no aprende a volar si sus padres no le enseñan, un nene no puede saber que la hora de la siesta en España siempre ha sido sagrada si su abuela le mete en la piscina para que berree y dé por culo a los vecinos.

Así que a lo mejor el futuro y la única salida es que esa EDUCACIÓN en mayúsculas la impartamos en el instituto. Sustituiremos el aprendizaje instintivo nacido de la familia y el alpargatazo en las nalgas por unidades didácticas dedicadas a estudiar en qué situaciones debemos decir “gracias”.

A lo mejor así conseguimos que todo el mundo muestre una mínima educación ético-cívica y en valores. Incluso los imbéciles del Seat León tuneao.

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