Historias sobre lo que no tienen (I)

[Post kilométrico que publicaré dividido en varias partes.]
 
Estoy de guardia -tarea que consiste en aguantar estoicamente durante 60 minutos a un puñado de chavales que no tienen nada que hacer- cuando Diego se levanta y empieza a hacer el imbécil. Diego es un bigardo de casi dos metros; juega en el equipo de baloncesto local, pero es un poco manta, sencillamente porque se esfuerza tanto en la cancha como en el instituto: o sea, nada.
Si a mí hay algo que me exaspera es que los bichos se levanten sin mi permiso, así que le ordeno a Diego categóricamente que se siente. 
– Diego, abajo -como los perrillos.
Me mira enfurruñado. 
– Es que me aburro.
– ¿Te aburres? ¿En el instituto? ¿En serio?
Parpadea.
Nota mental: rebajar los niveles de ironía con los alumnos.
¿Ein?
– Que te sientes.
– Pero es que me abu…
– Que te sientes.
Diego se sienta. Les he dado permiso para sacar el teléfono móvil -total, lo hacen de todas formas- y la mayoría de sus compañeros se entretienen escuchando música con los cascos -el requisito indispensable para que se lo permita es que no me torturen con esa basura que escuchan-, jugando o mensajeándose por whatsapp con otros alumnos -¿veis, como al final lo sacan de todas formas?-. Pero Diego sigue dando la lata porque se aburre, se aburre y se aburre.
Aburrirse. Sin querer vuelvo a recordar mis tiempos de alumna, las soporíferas -para mí- clases de Química o Matemáticas, incluso alguna asignatura especialmente pesada a la que tuve que asistir en la facultad, sin demasiada alegría, pero con el convencimiento de que era lo que debía hacer. Vuelvo a mi clase del cole, visualizo a uno de mis antiguos maestros pero, cuando intento imaginarme a alguno de mis compañeros echándole en cara que “la clase es aburrida”, mi imaginación se corta. No puedo. Es un concepto incompatible. Como esperar ver a un oso polar en la selva tropical -por más que Lost diga lo contrario-. 
Pero ahora estamos en la era de lo divertido. Ordenadores, Internet, whatsapp, videojuegos, no debe haber un solo momento de aburrimiento para los chavales, ¡hombre, por Dios! Faltaría más. Incluso a nosotros se nos dice -perdón: exige– que el aprendizaje debe ser divertido. 
En efecto, mi área se presta mucho a las anécdotas, a las fotos, a los vídeos, a hacer de las clases algo ameno e incluso interesante. Pero siempre hay -y siempre debe de haber- una dosis, aunque mínima, de aburrimiento. ¿No forma el aburrimiento parte de la vida? ¿Cuántas veces, de adulta, me habré encontrado esperando pacientemente una cola, sentada en la consulta de un ambulatorio, aguantando una celebración familiar que me resulta soporífera? ¿Sería capaz de hacerlo si de niña no me hubieran enseñado que hay momentos en los que uno debe esperar sin quejarse? 
Eso ando cavilando cuando me doy cuenta de que Diego, finalmente, se ha quedado callado, sentado, mirando con aire distraído por la ventana. Perdido en su mundo interior. 
Aburrido. 
Y -aunque sin saberlo- aprendiendo a ser adulto.
 
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