De crucero

F.J. era un alumno normal. No bueno, normal. Aprobado raspado, algún notable. Iba tirando.
En el segundo trimestre desconectó. Desconectar es un término que se utiliza mucho en las charlas entre profes. Se refiere a cuando un alumno pierde completamente el interés, se deja llevar, no le importa acumular un suspenso tras otro. El típico tío que se dedica a clavar lápices en el techo, sentado con los pies encima de la mesa.
La desconexión casi nunca es automática. En el caso de F.J., fue de forma paulatina. Dejó de atender en clase. Dejó de hacer los deberes. De ahí a escaparse a los asientos de atrás cuando podía. Empezó a no traerse el libro. Y después vino la actitud chulesca y pasota.
A lo largo de todo ese proceso, todos los profesores intentamos mantener a F.J. en esa pequeña tierra de nadie que separa a los alumnos problemáticos de aquellos cuya alma aún puede ser salvada. Una de las medidas que yo tomé fue avisar a sus padres. En un pueblo donde la mayoría de mis alumnos son hijos de agricultores que no desean ese trabajo para sus retoños, es una medida tremendamente efectiva. Así que la semana pasada les envié una nota, advirtiéndoles de que su hijo estaba empezando a tener auténticos problemas en la asignatura.
El lunes, al entrar en clase, advertí que F.J. no estaba.
Pregunté por él.
– Se ha ido de crucero -me explicó una alumna.
– …¿Perdón?
– De crucero. Con sus padres. Todos los años se van de crucero antes del Rocío.
– Que todos los años se cogen una semana de vacaciones justo antes de lo que viene a ser la semana de vacaciones, vamos -tono de pero qué me estás contando.
– Sí, claro. Porque la semana del Rocío es para ir al Rocío –obvio-. Así que se cogen otra semana por su cuenta.
– Perdiendo clase. En el trimestre final.
– Sí.
Pues vale. Incrédula, atónita y pensando cosas que jamás podría decir en un claustro, terminé de pasar las faltas al parte. Y empecé a impartir la materia a aquellos alumnos cuyos padres, afortunadamente, no deciden quitarle a su hijo una semana de clases, cuando queda tan poco para los exámenes finales y, además, le va tan bien en la asignatura.
No sé si los padres de F.J. será de los que luego van a quejarse por los suspensos, o de los que te miran a los ojos y te preguntan, con toda su jeta, por qué has cateado a su hijo si tiene un 5 y un 1. Sólo espero que, si lo son, el profesor que ese día los atienda tenga las narices de mandarles a freír monas. O de crucero.
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