El chico del Nokia

Una de las cosas que más me llamó atención cuando entré en el instituto fue el opulento despliegue de móviles entre el alumnado. Es decir: yo ya sabía que los críos de trece, doce o incluso once años tienen móvil. Mi prima, que está en 2º de la ESO, tiene un móvil. Eso sí, es un teléfono normalito, con una cámara cuyas fotos no las embellece ni el filtro del Instragram, sin wifi, ni 3G, ni leches. Un móvil para que sus padres puedan tenerla localizada y ella dar toques y enviar mensajitos ñoños a las amigas. Lo que debe de ser un móvil de una niña de su edad.
Mis alumnos de 2º y 3º de ESO exhiben sin ningún pudor teléfonos muy superiores. La marca que triunfa es la Blackberry, pero también me he encontrado a algún criajo de trece años manejando uno de los últimos Galaxy de Samsung o incluso iPhones, tanto de los modelos más antiguos como el más nuevo. La mayor parte de ellos, obviamente, pagan por tener acceso permanente a Internet (el wifi del instituto está cuidadosamente capado por la Junta de Andalucía, tanto para móviles de alumnos como de profesores).
Profesores que, por cierto, usan teléfonos más bien normalitos. Yo soy una de las excepciones. Tengo un iPhone. Lo pagué, como cada factura, con el dinero de mi trabajo. ¿Con qué dinero pagan estos nenes la adquisición del nuevo Samsung Galaxy, o de la cuota 3G para pasarse el día entero entrando a Tuenti a comprobar sus comentarios? Lo gracioso, pienso, es que todos estos padres que alegremente pueden llegar a soltar 300 euros en el móvil del niño (más el dinero mensual) pondrían el grito en el cielo si les pidieran que, una vez al año, destinaran esa misma pasta a comprar los libros de la escuela -algún día hablaré de la aberración de los libros gratis-.
Pero yo no quería hablar de móviles. O no exclusivamente de móviles.
Yo quería hablar de Jorge. 
A veces me preguntan si tengo alumnos preferidos. Pues miren, ellos son personas y yo también; es inevitable que surjan corrientes de empatía -o de todo lo contrario- aunque me esfuerce en tratarles a todos por igual. Hay críos que te caen especialmente bien por las razones más diversas: por buen alumno, por listo, por torpe, por simpático, o porque te recuerde a ti cuando eras pequeño.
Jorge es uno de esos chicos que me cae bien. Se puede decir que le he cogido cariño. Está siempre sentado al fondo de la clase, ninguno de sus compañeros le hace mucho caso. Tampoco las compañeras, pese a que estoy segura de que en un par de años se las traerá de calle; de momento está en pleno estirón, es desgarbado, y tiene unos inmensos ojos azules llenos de inteligencia. Es además simpático, agradable y a veces se le ve echando una mano a los más torpes.
No es buen estudiante. No le interesa mi asignatura, ni ninguna. Algunos días se le ve muy despierto. Otros, mira al vacío con un inconfundible aire tristón. Puede que tenga algún problema en casa. Puede que tenga alguna dificultad para centrarse. O que sea, sencillamente, un vago. Nunca lo sabré, porque ni el tutor ni la orientadora me han hecho mucho caso al comentárselo.
Jorge lleva a veces ropa más grande que su talla, lo que podría tomarse como la típica extravagancia adolescente o la típica previsión de la madre que sabe que su niño está creciendo. Pero el caso es que también es sevillista acérrimo, y un día me vino con una sudadera del Real Madrid. Como solemos hablar mucho de fútbol, le pregunté, y me contestó que me lo explicaba luego.
No me lo explicó, pero tampoco hizo falta.
Y un día en que les dejé libres los últimos diez minutos de la clase -con permiso para sacar netbooks y demás tecnología- Jorge se me acercó cuando sus compañeros ya corrían en estampida hacia el patio, comentándome que si les había visto los móviles. Sí, claro que los he visto. Estoy hasta las narices de veros los móviles.
– Uno con un Galaxy SII, la otra con el iPhone, los demás con la Blackberry… ¿Tú sabes qué móvil tengo yo, maestra?
Había resentimiento al preguntarlo. Negué con la cabeza.
– Un Nokia. Un Nokia de los viejos.
– ¿Con el Snake? -se me ocurrió preguntar.
– Sí -primera sonrisa- con el Snake.
Por un momento me quedé sin saber qué decir. Hasta que me vino una idea a la cabeza, una información que había leído, no sé ni en dónde. Y pasándome por el forro la obligatoriedad de contrastar las fuentes -auténtico juramento hipocrático de los que hemos estudiado Historia- le conté a Jorge que, aparte de que tenía una suerte tremenda por poder jugar aún al mejor juego de la historia de los móviles, el Nokia que llevaba en el bolsillo había sido diseñado para ser muy resistente, prácticamente indestructible, porque estaba destinado a sobrevivir a explosiones y tiroteos.
– Que llevas un móvil hecho para soldados, vaya.
– ¿Para soldados, maestra?
– Para soldados del ejército de los Estados Unidos.
Jorge sonrió y estuvo un par de minutos contándome cómo una vez su Nokia se le había caído por un segundo piso y tan sólo se le había salido la batería. O cómo había resbalado por una zanja sin más consecuencias que acabar manchado de barro. O que había llegado a sumergirlo.
– Y sigue funcionando.
– Bueno, pues ahora sabes por qué. Ni el Galaxy ni las Blackberry se hicieron para los soldados. Tu Nokia, sí.
Y allá que se fue, al patio con sus compañeros, con su sudadera dos tallas más grande y su mochila barata de los chinos. Y el móvil en el bolsillo. Un móvil que no sé si se hizo para los soldados, mucho menos si fue para el ejército de los EEUU o para otro. No me importa. Tampoco sabré nunca qué hay detrás de la mirada triste de Jorge, y si es pura perrería lo que hace que un chaval tan inteligente suspenda más asignaturas que aprueba.
Sólo puedo decir una cosa: que aquel día el chico del Nokia se marchó de clase feliz.
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