Defensa de la educación pública (por parte de una alumna de concertada).

Me lo dijeron antes del verano, y por aquél entonces ya circulaban en claustros y salas de profesores rumores sobre lo que pensaba hacer nuestro flamante Ministro de Educación. A punto de acabar 2012 -probablemente el año más nefasto para las familias españolas desde que tengo uso de razón- no creo que haya nadie que dude de cuál es el verdadero propósito del tijeretazo y la reforma educativa. El objetivo, evidentemente, es dinamitar la educación pública.

Esto es algo totalmente coherente con los principios ideológicos del partido gobernante, por supuesto. También es coherente con el modus operandi de los intereses a los que sirven. Podemos englobarlo en el auge de la subcontrata. ¿Para qué gestionar algo directamente cuando podemos pagar a una empresa para que lo haga? La respuesta es obvia: para que algún intermediario pueda poner la mano y llenarse los bolsillos con el dinero de todos. Intermediarios que no son anónimos sino elegidos a dedo por el señor que maneja el cotarro. Ofreciendo, por supuesto, un peor servicio que el que se ofrecería si lo gestionara directamente el Estado. La estrategia, hay que reconocerlo, es brillante.

Contemplo con preocupación cada borrador de la infame LOMCE, como casi todo el mundo, y me horroriza cada ataque a la educación pública, como a todos. La diferencia es que yo lo hago, y puede parecer curioso, como alumna, desde EGB hasta bachillerato, de enseñanza concertada. Puede parecer hipócrita, pero os aseguro que no lo es. Y es que como alumna de la concertada, y más tarde profesora en la pública, he llegado a contrastar ambos mundos y a entender muy bien cuáles son los problemas que puede acarrear esa enseñanza privada pero subvencionada por el Estado.

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Pena (penita pena).

Un día de estos en los que estábamos hablando de todo un poco -unos políticos con iPad por allí, un estratosférico sueldo vitalicio por allá, unos nenes de la ESO recibiendo palos por Valencia… lo típico, vaya- me dirigí a mis alumnos y les dije: me dais pena.

Al principio ellos se quedaron un poco perplejos, sin saber si debían sentirse ofendidos o no, hasta que comprendieron que no era una pena de desagrado, una pena de asco, sino pena de auténtica compasión. De “pese a algunos seáis unos mastuerzos, chicos -lo eran- no os merecéis esto”.

Ese tipo de pena.

Hoy, a dos días de que esos chavales que fueron mis alumnos vuelvan al instituto, he recordado aquel momento y sólo puedo decir que me inspiran aún más lástima que entonces.

¿Y por qué?, me preguntaron ellos aquel día y se preguntarán ustedes ahora.

Pues muy sencillo:

Me dan pena porque no están preparados para lo que se les viene encima. Porque han crecido, la mayoría, en un mundo de algodón dulce donde cuando querían algo -ojo: querían, no necesitaban– sólo tenían que alargar el brazo. Porque les hemos criado en una España próspera donde hasta el más tonto tenía chalet en la playa y el último peón de obra podía permitirse cambiar de coche cada pocos años.

Me dan pena porque, salvo que cambie mucho la situación -y no va camino de ello- ellos se verán más afectados que nadie por la brutal crisis y la aún más dañina gestión de la misma. Porque se verán arrastrados por la ola en su descenso y naufragarán justo en el punto donde los jóvenes de mi generación flotábamos, casi apacibles. Porque para ellos estudiar una carrera será como comprarse un anillo de diamantes, para ellos no habrá Erasmus, ellos se incorporarán al mercado laboral en un momento en el que hace falta pase VIP para que te admitan dentro.

Pero, me dan pena, sobre todo, porque la gran mayoría no tendrán los arrestos, ni la paciencia, ni la perseverancia para abrirse hueco a dentelladas. Porque son -salvo excepciones- niños blanditos a los que se ha criado entre pantallas y con la certeza de que cualquier cosa está al alcance de un click de ratón. Han tenido todo lo que necesitaban, no ya en su casa, sino en su propia habitación. Jamás han tenido que quedar con un puñado de compañeros para hacer un trabajo en la biblioteca, copiando trabajosamente notas de libros y enciclopedias. Jamás han estudiado hasta que les dolía la vista. Jamás han estado tan aburridos -pues la era del aburrimiento ya pasó- que su únicas tres opciones fueran leer, abrir un libro de texto o hacer el pino con las orejas.

Me dan pena, sí. Porque se junta la peor situación posible con la generación menos preparada para afrontarla.

Entre ellos hay, como en todas las generaciones, chicos trabajadores, mentes brillantes que se sienten aplastadas por la mediocridad que les impone el entorno; por el pesimismo generalizado que nos asfixia hasta arrancarnos de cuajo las ganas de asomar la cabeza del rebaño. Y, a veces, alguno de ellos me ha preguntado por el futuro, me ha pedido consejo sobre qué hacer. Qué hacer con su -apenas estrenada- vida.

Y yo no he sabido qué responderles.

Tres imágenes y dos preguntas (sin respuesta).

Hay imágenes que marcan a toda una generación. Estoy segura de que, si pregunto a mis padres, podrán decirme dónde estaban y qué hacían el día que cayó el Muro de Berlín, el día del atentado contra Carrero Blanco o el 20 de noviembre de 1975. Un profesor de carrera nos relataba con una escaloriante precisión el brutal terror que le recorrió el cuerpo cuando, recibiendo una clase práctica de la autoescuela, escuchó en la radio del coche que Tejero andaba pegando tiros en el Congreso.

Puede que algunos de estos sucesos no les afectaran personalmente -es obvio que la muerte de Franco supuso un radical giro en la Historia de España- pero de alguna forma les marcaron. No les perjudicó -ni benefició- directamente pero jamás lo olvidarían. No volvieron a ser los mismos.

De la misma forma, hay tres sucesos, tres hechos, que se imprimieron a fuego en la generación de los nacidos a mediados de los ochenta y que ninguno de nosotros podrá olvidar. Sucesos que nos afectaron -en su mayoría- indirectamente, pero que dejaron una profunda huella en nuestra forma de ser y pensar.

Asesinato de Miguel Ángel Blanco

Julio del 97. Yo tenía once años y ETA era tan sólo un concepto nebuloso. Estaba pasando los días en la casa de mi abuela en el pueblo, soportando el insoportable verano jiennense con la pequeña y rudimentaria piscina, casi alberca -sin depuradora, y donde el chorreón de lejía diario era el único mantenimiento que recibía el agua-, que teníamos en un rincón del patio cubierto de jazmines.

Fue antes de la época del móvil e Internet, cuando toda la familia solía reunirse en el salón a ver las noticias. Los mayores en los sillones y yo tirada en el suelo, probablemente leyendo. Fue en alguno de esos días tórridos y extraordinariamente largos cuando escuché por la tele que los de ETA habían secuestrado a un señor y amenazaban con matarlo si no acercaban los presos al País Vasco. O algo así.

No sé cómo me di cuenta de que aquella noticia no era una noticia más. Que no era un atentado más. Puede que en la ansiedad con la que toda mi familia seguía el caso por cada boletín de noticias. Puede que en las concentraciones espontáneas que empezaron a surgir por toda España.

Puede que fuera cuando al fin Miguel Ángel fue hallado muerto y los pelos se me pusieron de punta al ver a tanta gente reunida, manos al cielo y con una simple y aceptable reivindicación: PAZ. O que ocurriera al día siguiente cuando, tras la misa, en la placita de aquel pueblo jiennense vi a gente llorar a lágrima viva por un concejal vasco asesinado en un lugar del que ni siquiera había escuchado hablar antes.

Tenía once años y era poco lo que sabía de la maldad, pero aprendí durante aquellos días de agosto. Aprendí lo que era la crueldad. Me di de bruces con la realidad -con la realidad cruda del mundo, tan distinta de los cuentos, tan distante de los tebeos infantiles- al enterarme de que unos tipos habían mantenido preso a otro para luego dispararle un tiro en la nuca, como si fuera un animal, como si fuera uno de esos conejos a los que una vez vi desnucar en la calle de abajo.

Aprendí lo que era la injusticia, pero también la indignación. Tuve un primer contacto con la solidaridad, con la valentía. Y me sentí por primera vez parte de un mismo colectivo, de un mismo pueblo, que exigía justicia desde Ermua hasta Jaén.

Atentado de las Torres Gemelas.

11 de septiembre de 2001. Tenía quince años, para dieciséis, eran las tres de la tarde y, huelga decirlo, acababan de terminar Los Simpsons. Por indudable influencia de la familia amarilla, todos los telediarios de mi adolescencia tienen el logo de A3 y la voz de Matías Prats Jr.

Aquel mediodía, Matías Prats leyó los titulares -destacaba el caso Gescartera, primera plana en la época- y acto seguido anunció que estaban llegando imágenes de un incendio en una de las Torres Gemelas de Nueva York. Recuerdo la emoción del momento y que estuve a punto de levantarme para avisar a mi madre, que estaba en el pasillo hablando con la vecina. No lo hice, me quedé sentada, y vi las imágenes que pasaron a la Historia. El “Dios santo” de Matías. “La otra torre, la otra torre”. La toma de conciencia de que estábamos presenciando, en riguroso directo, un atentado de proporciones gigantescas.

Aquel día puede que sintiera el mismo escalofrío de terror que, años antes, había recorrido el espinazo de quien se acabaría convirtiendo en mi profesor de facultad. Fue la certeza de estar contemplando algo que cambiaría el mundo, y al mismo tiempo ese miedo, mezclado con una profunda intertidumbre, a lo que pasaría el día de mañana.

Si con Miguel Ángel Blanco aprendí lo que era la crueldad, aquel 11 de septiembre aprecié su auténtica magnitud. Llegué a obsesionarme hasta cierto punto con el atentado, recopilando reportajes en cintas VHS, con la obsesión de intentar comprender por qué alguien podía acabar con la vida de tres mil personas, de golpe y porrazo. No lo conseguí, evidentemente. Pero puede que aquel día se gestara mi pasión por la Historia.

Atentado del 11M

11 de marzo de 2004. Tenía dieciocho años y estaba en 1º de carrera. Era un jueves como otro cualquiera. Aún recuerdo las clases que tuve aquel día, y también que decidí saltarme la última de ellas para llegar antes a casa.

Por esa razón, el autobús que pasaba por el Campus de Cartuja iba medio vacío. Pero había algo más. En ese autobús, en el que iban una decena de personas, reinaba un artificial y sepulcral silencio, silencio como jamás lo había escuchado, un silencio que me hizo sospechar -no llevaba radio encima, no había oído nada dentro de la facultad, y aún quedaba mucho tiempo para los móviles con acceso a Internet- que algo iba mal.

Tengo grabado el trayecto a casa, mirar a la gente a los ojos y aumentar mi certeza de que algo había ocurrido. Y por encima de todo puedo rebobinar, como en una cinta de vídeo, el momento en el que abro la puerta, llevando la cartera en la mano -lo sé porque unos segundos más tarde la tiraría, con rabia, sobre la mesa-, y lo primero que veo es la televisión encendida con un puñado de hierrajos retorcidos.

Huelga explicar qué fue el 11M, qué significó, qué ocurrió después. Para mí fue como encontrarme el terror el casa, como entrar a mi habitación y ver allí a un desconocido. No conocía a nadie que se viera directamente afectado por la tragedia, pero me convertí en una bola de odio que durante una semana vagó por foros y webs varios, llena de resentimiento y sin poder dormir bien. Aún puedo notar parte de ese odio, aunque atemperado por los años. Aún conservo intacto el escepticismo, el asco total que me embargó al ver cómo los políticos usaban la muerte de más de doscientos compatriotas para ganar votos.

Fue como un largo viaje. Un día descubrí la realidad. Otro, el lado más atroz del ser humano. Entré en la carrera buscando un por qué, y un 11 de marzo me di cuenta de que la verdadera pregunta no era ésa, sino cómo solucionarlo. Me pasé el resto de mis años de facultad intentando encontrar la respuesta. Aún, podría decirse, sigo en ello.

Aunque empiezo a sospechar que no la tiene.

La pelota

Yo los imagino como dos bestias peludas, en una eterna competición por ver quién de los dos sobrevive. Como no tienen los arrestos de tirarse al cuello del otro para desgarrarse mutuamente las gargantas –algo que, a buen seguro, nosotros celebraríamos con alborozo- se limitan a tirarse de forma homicida una pelota; una pelota cada vez más desinflada, cada vez más deteriorada por el golpeteo mortal de sus zarpas. Una pelota que algún día caerá al suelo y rodará por última vez hasta detenerse por completo.

Rara será la persona que, a poco que se asome a un periódico digital, no haya leído estos días algo sobre los interinos de Educación Secundaria. Vamos, los que van al paro. Los interinos están jodidos, para qué nos vamos a engañar: en Cantabria les quieren excluir de las listas si el director de su centro les denuncia por no tener aptitudes pedagógicas –estas navidades, incluso sin paga extra, verán proliferar los jamones a nombre del Sr. Director-, en algunas comunidades no les han pagado las vacaciones y en Madrid… bueno, en Madrid ser interino es más triste que ser del Atleti, que ya es decir.

Mientras tanto, en Andalucía, estamos viviendo una situación curiosa que sólo puede explicarse teniendo en cuenta que somos el juguetito de morder de los dos principales perros políticos. De esas dos bestias peluditas que se gruñen en la distancia mientras juegan, cosa insignificante, con el futuro de toda una generación.

Conviene saber que la Junta de Andalucía, gobernada por el PSOE, tiene competencias en Educación. Conviene también saber que, en verano, la susodicha Junta saca una lista donde asigna a cada profesorzuelo privilegiado en su instituto; bien sea aquellos privilegiados de carrera que hayan pedido traslado de su plaza ganada mediante oposición, bien sea de aquellos aspirantes a privilegiado –interinos- que, contando con los suficientes puntos de experiencia –pero sin oposición aprobada- hayan quedado en un puesto lo suficientemente alto para ocupar las vacantes, es decir, plazas que por razones que no vienen al caso no han sido ocupadas por ningún privilegiado de carrera.

Hasta ahí, ¿estamos todos? Bien.

Conviene saber que el gobierno central de España, que recae en los hombros del PP, ha impuesto una serie de brutales recortes, puesto que menos importante es la educación del futuro del país que el iPad y el piso en Madrid de sus señorías. El gobierno central, alias PP, ha sugerido una serie de medidas a las Comunidades Autónomas, de las cuáles éstas han adoptado las que han podido o querido.

Sigamos.

En Andalucía, la Junta, o sea el PSOE, ha adoptado –anunciándolo a voz en grito al tiempo que lo hacía, no sea que se nos fuera a pasar por alto- el mínimo imprescindible. No se ha aumentado la ratio de alumnos por aula –quizá porque, si se hacía, teniendo en cuenta la masificación actual, algunos alumnos tendrían que seguir la clase con el culete aposentado sobre el alféizar-, sólo se cubrirán las bajas de más de 15 días (algo que de forma oficiosa ya se hacía el año pasado), y los profesores trabajarán dos horas más, una minucia que apenas se nota entre privilegio y privilegio. Al trabajar más horas, se eliminarán algunos puestos en los centros, pero bastantes menos que si la Junta, ergo PSOE, hubiera aplicado todas las medidas del gobierno central, alias PP.

¿Cómo se explica, entonces, las noticias catastrofistas hablando de miles de interinos a la calle en Andalucía?

Pues muy fácil.

La Junta, PSOE, sacó en verano su lista. Pero, en una omisión deliberada, dañina y asquerosa, decidió no cubrir todas las vacantes disponibles, lo cuál efectivamente echaba a la calle a todos los aspirantes a privilegiado que un año antes habrían obtenido una por esas fechas, inclusive algunos con más de veinte años de servicio. Vacantes que han de ser cubiertas –y de hecho algunas lo han sido- antes o después, porque alguien tiene que dar clase a esos niños.

¿Por qué hizo eso la Junta, es decir, el PSOE? Para crear alarma social. Para que al día siguiente todos los periódicos de la comunidad pudieran hacerse eco del número de interinos que habían ido a la calle gracias a los recortes. Para provocar el pánico en las familias que sobreviven con el cada vez más mermado sueldo de un privilegiado. Para seguir jodiendo al españolito de a pie.

Hay algo que a los alumnos les encanta, y es averiguar detalles de la vida privada de su profesor. Si está casado, si tiene novio/a, si tiene hijos, su equipo de fútbol, dónde nació… Esos pequeños matices que convierten al aséptico docente en una persona más. Les maravilla ser conscientes de que no somos robots; les produce un placer muy curioso verte en chándal paseando al perro, y comprobar que tú también tienes vida más allá del instituto.

Estando en año de elecciones –y yo he tenido que tragarme dos- me ha tocado ser acribillada por mi filiación política. Es éste un dato que nadie salvo yo puede figurarse con precisión, y sin embargo no me molestó en absoluto contestar a la pregunta de a quién había votado.

– A ninguno que pudiera ganar.

Antes muerta que entregarle mi voto, mi cheque, a una de esas bestias peludas que pelean por el poder sin preocuparse por pisotear las esperanzas, ilusiones, y vidas ajenas.

Porque, a estas alturas, me juego a que ya sabéis quién es la pelota. 

Malafollá

Transitaba con normalidad el autobús, recorriendo los últimos cincuenta kilómetros de un viaje de cinco horas, cuando un brusco descenso en la velocidad nos hizo levantar la cabeza a todos. Por las enormes lunas delanteras del vehículo se podía vislumbrar un monumental atasco, una fila interminable de vehículos retenidos, sabría Dios por qué, que parecían perderse hasta el infinito tras una curva.

Descendió el conductor, un tipo bajito, con el rostro aceitunado tan típico del granaíno pura cepa –yo no lo soy-. Bajó, habló por el móvil, echó un vistazo. Volvió a subir y habló de esta forma a sus casi cincuenta pasajeros que llevaban más de cuatro horas en carretera.

– Pues más vale que vayamos sacando unas cartas y haciendo una barbacoa. Porque esto tiene pa un ratico largo.

Y eso que acabo de describir es un perfecto ejemplo de malafollá.

Cuando uno es granaíno –sobre todo si es un granaíno con familia fuera- la malafollá te persigue toda tu vida, primero como un estigma malinterpretado en la niñez, después como un motivo de orgullo a medida que el individuo crece y se empapa de la vida de su ciudad. Fuera de Granada –incluso dentro de ella- este rasgo identitario del granaíno es confundido con puro y simple mal carácter. Hasta tal punto de que, cualquier indicio de enfado, impaciencia o bordería del granaíno se achaca, por parte de los foráneos que le rodean, a la malafollá. Como si la mala hostia no fuera universal y exactamente la misma en Granada, Madrid, Barcelona o Albacete.

Porque la malafollá es igual a mala baba, sino que responde a un concepto mucho más profundo, complejo, una forma de ser y de pensar. La malafollá es una perfecta mezcla de ironía, resignación y fatalismo, con la que el granaíno contempla la vida y a la vez se protege de ella. El sarcasmo a veces hiriente, el humor más negro, forman tan parte de la ciudad como las sacrosantas tapas o el relieve escarpado de la sierra.

La malafollá es a veces, también, una suerte de rebeldía frente al tópico del andaluz gracioso y cuentachistes, pues nosotros, ni somos graciosos ni queremos serlo, sencillamente porque no consideramos que sea nuestro deber entretener a nadie. Frente al humor más bien chabacano que forma parte de la supuesta cultura sureña pregonada alegremente por ciertos voceros, el sentido del humor granaíno es más fino y cáustico. Frente al carácter abierto, el granaíno es más bien hermético en el primer contacto y desconfiado por naturaleza. Frente a la naturalidad generosidad y casi derroche del tipo mediterráneo, el granaíno cuenta cada céntimo como buen hijo de la tierra del chavico. Todo eso, y mucho más, forma parte de la esencia del ser malafollá.

Y algunos, quizá acertadamente, achacan al granaíno de abulia, de falta de energías, de limitarse a contemplar con sarcasmo el presente sin mover un dedo para cambiarlo. Dicen los que han emigrado fuera que, al volver a Granada, es como si no hubiera pasado el tiempo. Que todo permanece siempre igual en esta ciudad incómoda, en esta pequeña urbe que nos provoca más orgullo del que sería posible justificar, contenta de rememorar su rico pasado mientras se limita a encogerse los hombros ante el presente.

Al final de mi particular historia, el autobús estuvo una hora parado en el kilómetro 62 de la A92, pasando de camino a casa junto a los restos calcinados de un pequeño camión. El viaje duró en total más de seis horas, y no hubo cartas ni barbacoa, pero sí algunos comentarios irónicos cuando el vehículo se plantó en la Avenida de Andalucía donde nos recibía Granada, vallada por las obras, perezosa, calurosa. Ciudad que, quizá dentro de cien años, reciba a sus visitantes de la misma forma; destripada, orgullosa, inmutable.

De libros electrónicos (y) piratas.

Hace más de un año tomé una de las decisiones más importantes y trascendentales en la vida de cualquier lector empedernido que se precie: comprarme un ebook reader –en este caso, un Kindle-.

Kindle 3 por Witer.

No lo voy a negar: en principio, semejante decisión fue motivada –además de por la comodidad de llevar cientos de libros en un dispositivo tan cómodo y ligero- por la posibilidad de tener al alcance miles de obras de gratis total. Para alguien que lee una media de dos o tres libros al mes, el vicio puede ser perjudicial para el bolsillo. Por supuesto, hay bibliotecas, hay ferias del libro antiguo, y hay formas de conseguir lectura al peso. Pero estas alternativas no siempre se adaptan a nuestras necesidades, situación o preferencias personales.

La compra fue un éxito total, probablemente una de las mejores inversiones de mi vida. Sé que hay gente que denigra el uso del ebook porque no puedes sentir el tacto de las páginas, ni aspirar el olor de un libro recién comprado: un argumento tan bucólico y romántico como rematadamente estúpido, que cae por su propio peso ante la tremenda utilidad de un cacharrito que te ahorra tiempo y espacio.

Cuando recibí mi Kindle en casa, en lo último que pensaba era en descargar –comprando– libros de alguna tienda on-line para mi dispositivo. El precio de los ebooks me parecía –y me parece- exagerado; en muchas ocasiones, apenas se diferencia en unos euros de su versión en papel, lo que me parece un atraco a mano armada. Sirva de ejemplo Los asesinos del emperador, de Santiago Posteguillo, un libro publicado en 2011 que ahora mismo, se puede encontrar en versión digital en La Casa del Libro por la módica cantidad de 15 euros. ¡15 eurazos, por un archivo que descargar en tu ordenador!

Ése era el panorama cuando yo me compré mi amado Kindle. Y, sin embargo, la situación cambió, y lo hizo, irónicamente, impulsado por el mismo motor que cambió drásticamente la industria de la música y está cambiando la del cine: la piratería. Porque no fui yo la única que decidió prescindir el olor a nuevo de las páginas de un libro: las ventas de los lectores digitales se dispararon, modelos atractivos y económicos llegaron a los grandes almacenes, y hoy en día es un accesorio común en cualquier autobús o vagón de metro.

¿Qué aparejó ese boom de los libros electrónicos? Que la piratería de libros empezara a ser una realidad. Una realidad perjudicial, masiva, que obligó a que la industria modificase sus patrones. Las mentes pensantes que creyeron que nos gastaríamos 15 euros en un archivo epub se dieron cuenta de que no somos tan idiotas. Aparecieron libros electrónicos a 5, 3 o incluso menos de 1 euro, ejemplificados en los célebres Amazon Flash que nos proporcionan muy buena lectura a un precio casi irrisorio. Y así, sí, me planteé por primera vez lo que ni siquiera había considerado al comprar el lector Kindle: comprar un ebook.

Actualmente, en mi Kindle hay más libros comprados que bajados de por ahí. Y ésta es una lección que las grandes mentes deberían haber aprendido hace tiempo: no nos importa pagar, si el producto lo merece y el precio es ajustado, aunque podamos conseguirlo gratuitamente. La comodidad de elegir un libro en la tienda de Amazon desde el mismo Kindle y tenerlo, en un click, en tu dispositivo, no la sustituye ninguna página web ni el Calibre. Los amantes de la literatura, la música o el cine somos plenamente conscientes de que es nuestro dinero quien hace rentable el producto que nos gusta consumir. No nos importa pagar. Lo que no queremos, es que nos estafen.

Educación

Vas por la carretera, conduciendo por el lado derecho como toda buena persona que no tenga alma de cani o de subnormal. Por el retrovisor controlas perfectamente el carril izquierdo, que presenta poca circulación o se encuentra directamente vacío. A la derecha aparece un carril de incorporación, y entonces es cuando adviertes, con el rabillo del ojo, que otro vehículo surge de él, acelerando para meterse en la autovía.

Tú, que eres buena persona y no conduces un Seat León tuneao, compruebas rápidamente el carril izquierdo, una vez más, y te echas a un lado para facilitar que el recién llegado pueda incorporarse sin obstáculos. Tú, que tienes buena educación, sigues conduciendo tranquilamente a tu velocidad habitual, con el objetivo de volver a colocarte en tu carril derecho en cuanto rebases al vehículo. Y tú, que eres idiota, te quedas con cara de ídem cuando ves que el capullo al que has facilitado la incorporación acelera con ahínco con el único objetivo de impedirte a ti el volver a tu carril.

El conductor español que no haya vivido esta situación, o bien utiliza su carnet únicamente para envolver bocatas de chorizo, o es el capullo del Seat León tuneao. 

No soy yo de esas personas que va denigrando lo local por sistema. Mi país tiene sus cosas buenas, sus cosas malas y sus cosas regulares; como todos, dicho sea de paso. Lo que no se puede negar es que estamos viviendo un descenso en picado de eso que algunos llaman civismo, otros valores, y que se puede englobar en una simple y bella palabra: EDUCACIÓN. Nuestro comportamiento en las carreteras es sólo un ejemplo de hasta qué punto nos la refanfinfla la vida del conductor de al lado, incluso aunque nos haya facilitado una maniobra. Pero hay más.

Vivo en una casa, con patio. Mis vecinos, desgraciadamente para mí, también. Y me fascina hasta qué punto pueden olvidar que no están aislados en mitad del campo, sino pared con pared al menos con otras tres familias.

Desde gente que riega con manguera de forma tan descuidada que el agua te cae a ti. Desde el típico cateto que se cree que por estar en su patio puede armar el follón que quiera, a la hora que quiera, el día de la semana que quiera. Pasando por perros -todo el mundo tiene perro- que miccionan y defecan a las puertas de otros, sin que sus dueños tengan la consideración de pensar, por un segundo, que a ellos no les gustaría encontrarse eso al abrir la verja de su casa.

Justo frente a mi patio está el de un apacible matrimonio cuyos hijos ya volaron del nido y ahora se presentan, de vez en cuando, con algún churumbel. La más pequeña se llama Ángela, y lo sé porque, cada vez que viene, se pasa el día en el patio con una madre que no para de berrear su nombre. No sé a qué hora come Ángela, pero a las cuatro de la tarde ya está chapoteando en la piscina mientras su madre, sus tías y su abuela no paran de llamarla como si les dieran un premio por gastar el nombre.

Y yo no sé en qué momento todo esto empezó a ser normal. No sé en qué momento a una madre o a una abuela les pareció plausible y decente que un bebé de tres años se bañara en la piscina a la hora de la siesta armando el máximo ruido posible. Porque lo primero que yo aprendí en mis visitas a casa de mis abuelos es que a determinadas horas en el patio no se debía hacer ruido por no molestar a los vecinos. Aprendí que, de tres a seis, el lugar de un niño estaba dentro de la casa, sobre todo cuando más incide el sol veraniego. Aprendí a no dar voces más allá de las nueve de la noche, tanto allí como el bloque de pisos donde he crecido. Nadie me tuvo que enseñar a no poner la música demasiado alta, ni a no dejar que mi perro ensuciara las puertas de los demás, igual que nadie me tuvo que enseñar a no robar o a no pegarle patadas en las espinillas a los ancianitos con bastón.

Hablando con alguien, me dice que el problema igual es que estas cosas no se enseñan en las escuelas. Que en Educación Cívica para la Ciudadanía y en Valores y Moral (ya no sé ni cómo se llama) deberían enseñar todo esto. Y yo me horrorizo, imaginándome un capítulo titulado “Por qué tus vecinos no deberían tener que soportar eso a lo que tú llamas música.”. En una pregunta de un examen que rece “Explica por qué tirar una piedra sobre las personas que pasen bajo tu balcón está mal. Justifica tu respuesta (1 punto)”. En esas mil y una cosas que nosotros aprendimos de forma tan natural como respirar, y aparentemente vamos a tener que incluir en el temario escolar de toda la generación de retrasados mentales.

Pero. Al instante me doy cuenta de que en realidad lleva toda la razón. También me doy cuenta de que la culpa no es suya. La culpa es de esos padres que no les dan un pescozón cuando chillan a las once y media de la noche. Igual que un pajarillo no aprende a volar si sus padres no le enseñan, un nene no puede saber que la hora de la siesta en España siempre ha sido sagrada si su abuela le mete en la piscina para que berree y dé por culo a los vecinos.

Así que a lo mejor el futuro y la única salida es que esa EDUCACIÓN en mayúsculas la impartamos en el instituto. Sustituiremos el aprendizaje instintivo nacido de la familia y el alpargatazo en las nalgas por unidades didácticas dedicadas a estudiar en qué situaciones debemos decir “gracias”.

A lo mejor así conseguimos que todo el mundo muestre una mínima educación ético-cívica y en valores. Incluso los imbéciles del Seat León tuneao.

Privilegios

Ir por la mañana conduciendo al trabajo, mientras amanece, con casi una hora por delante y el ánimo por los suelos. Porque todos tenemos malos días en los que no saldríamos de la cama. Días en los que no servimos para nada, en los que odiamos el mundo y no sabemos exactamente qué estamos haciendo en él.
Volver más de seis horas después, misma carretera, dirección inversa, una sonrisa en la boca y ganas de comerte el mundo. Sí, todos tenemos días malos, pero no todos disfrutamos del privilegio de tener un trabajo que, a veces, te carga las pilas a tope. En los que unas buenas palabras, una buena clase o un ligero progreso de uno de tus más de cien alumnos te recuerda inesperadamente qué es lo que estás haciendo en este mundo.
Entrar en el aula de expulsados sabiendo que dentro te espera ese armario empotrado al que echaste de clase, un chaval que –para qué nos vamos a mentir- te impone un poco de respeto, por no decir miedo. Dejar la puerta abierta por si las moscas.
Y que empiece a hablar. A hablar sin parar, contándote su vida y preguntándote por la tuya. Admitiendo que le cuesta portarse bien y que se merece el castigo; que no le gusta el instituto, pero si sigue yendo es para no darle un disgusto a su madre. “No quiero que mi madre llore”, dice, “aunque yo no sirvo para estudiar. Lo que quiero es trabajar, pero no sé dónde.”
Acabar cerrando la puerta sólo para que el jaleo que se filtra de fuera no te impida seguir teniendo el privilegio de descubrir que, bajo la apariencia de ese matón de mandíbula cuadrada, se esconde un buen chaval cuyo mayor miedo es hacer llorar a su madre.
Que una compañera de tu misma asignatura te enseñe un comentario de texto hecho por sus alumnos.
Sonreír internamente porque los comentarios de texto de los tuyos –y que tú has tenido el privilegio de enseñarles a hacer- son infinitamente mejores.
Que una alumna de 3º de ESO se te acerque en tu último día en el instituto, y te conceda el privilegio de preguntarte si puede darte un abrazo.
Que, varios meses después de dar esa última clase, te encuentres la carpeta con las fotos que os sacasteis juntos, y las cartas que te escribieron. Volver a leer esas palabras y esas frases, algunas graciosas, otras simpáticas, otras cargadas de agradecimiento. Tener la certeza de que al menos dos o tres de esos chicos harán algo realmente importante con sus vidas.
Y saber claramente cuáles son tus privilegios.

Historias sobre lo que no tienen (II)

Ocho y veinte de la mañana. La horrible sirena del instituto anuncia el inicio de las clases. En la sala de profesores tenemos las ventanas completamente abiertas para ventilar y permitir entrar el aire, que a esas horas aún refresca -y bastante-. Pero, al entrar en el aula que me corresponde, me encuentro las persianas bajadas y a los alumnos esperándome, desesperados, para que les permita ir en busca del mando del aire acondicionado.
– ¿Por qué no abrís las ventanas?
Se me quedan mirando, con la boca algo entreabierta, sin parpadear. Tan inexpresivos como un puñado de vacas.
– A ver, es temprano. En la calle hace fresco. Abrid las ventanas, y veréis como no hace calor.
– Entonces, ¿no nos dejas ir a por el mando? -es la brillante conclusión a la que llegan, tras unos segundos de hacer rechinar engranajes.
– ¿Pero qué problema tenéis con abrir las ventanas, hijos míos?
Me miran como si les hubiera sugerido regalar la Play 3, refunfuñan un poco y acaban subiendo las persianas y descorriendo las ventanas. Les falta parpadear y ponerse las manos ante los ojos, como los nenes de la Nicole Kidman en Los Otros. Una corriente bastante agradable empieza a recorrer la clase, pero algunos siguen quejándose del calor, arremangándose sus camisetas de manga larga, mientras miran de reojo el aparato al que estos días santificarían con sus vidas -por delante del router wifi-.
El aire acondicionado. En muchos institutos, el aire acondicionado es una leyenda urbana, como la autoridad del profesor o la calidad de la educación. En otros, es un lujo presente en la sala de profesores. Este centro tiene la fortuna de ser pequeño y poder permitirse una consola de aire en casi todas las aulas. No es asunto baladí: tener una clase bien climatizada es algo que se agradece cuando son las dos de la tarde y los alumnos, hambrientos y sudorosos, empiezan a valorar la idea de asesinarte para poder escapar cinco minutos antes a la comodidad (o comodidades) de sus casas. También es un atentado a la garganta del docente, cuando asomas la nariz en un aula y te parece ver a un pingüino esperando junto a la pizarra. Pero bueno.
Desgraciadamente, también pone de manifiesto lo poco acostumbrados que están nuestros pupilos a valorar lo que tienen.
Unas horas después de obligar cruelmente a mis alumnos a abrir un par de ventanas, me toca entrar a otra clase. Es el aula más impopular del instituto, porque tiene el aparato de aire acondicionado roto. Por esta razón, y siempre que queda alguna otra libre, mis alumnos huyen en desbandada como un puñado de cachorrillos buscando el frescor bajo los árboles. Pero a veces no hay más aula libre, ni más opción que la que apechugar y dar clase en lo que algunos han bautizado como “el horno crematorio” (algo se les pega de mis clases de Historia).
En el horno crematorio hace calor, pero mucho menos del que podrías sufrir un día cualquiera en mi viejo instituto sevillano. Cualquier clase en la que no salgas con la ropa pegada al cuerpo como si hubieras entrado en una sauna me parece francamente soportable. Como los alumnos que tengo delante no son críos de 1º, sino chicos ya talluditos de 4º, tiendo a pensar que podrán soportarlo.
Craso error.
Nada más entrar, una chica se dirige a mí.
– Es que es un cachondeo, maestra, que ese aire lleve roto tanto tiempo y no vengan a arreglarlo. Así no podemos estar.
Lo más asombroso es que expone su problema con el aplomo y la dignidad de los que están convencidos de llevar la razón. Puedes imaginártela diciendo eso delante de algún tribunal internacional, y por unos segundos me dan ganas de releer la Constitución, a ver si en algún lado está escrito que el aire acondicionado es un derecho inalienable.
– ¿Sabéis que en algunos institutos no hay aire acondicionado? -les pregunto, así, por preguntar.
– Pero no hará tanto calor.
– Institutos de Sevilla. Créeme, hace calor.
– ¿Y cómo dan clase? -me preguntan, en el mismo tono con el que me suelen preguntar cómo se construyeron las pirámides de Egipto.
– Se aguantan.
Palabra clave. Aguantarse. Siento cómo se la repiten mentalmente. Me parece que alguno está a punto de buscarla en uno de los diccionarios de aula. Normal:  no entra dentro de su vocabulario.
Y vuelvo al pasado. A una clase en la que apenas cabían algo más de cuarenta pupitres con algo más de cuarenta zagales. El sudor perlándonos la piel bajo el polo blanco del uniforme -no os quiero ni decir lo que picaba la puñetera falda, de tela tan áspera como pesada-. Abrir las ventanas era un dilema serio, puesto que con el ansiado aire fresco se colaba el producto de los tubos de escape -esos antiguos tubos de escape- de las decenas de coches que pasaban por una de las calles más céntricas y asfixiantes de la ciudad. En las dos últimas horas, siempre estábamos sedientos, pues no nos dejaban salir al baño ni llevarnos botellas de agua.
Pero nos aguantábamos. Si algo aprendimos los de mi generación, fue a aguantarnos. Básicamente, porque no conocíamos otra alternativa. No pensábamos si en otros lugares hacía menos o más calor, el aire acondicionado, en aquella época, apenas si se veía en algunos coches. No odiábamos al profesor por no dejarnos salir a beber, ni pensábamos en elevar una queja para que nos quitaran el uniforme. Sencillamente estábamos a las puertas del verano, hacía calor y nos aguantábamos.
Ellos no saben aguantarse. No lo han practicado. Sus padres no les han enseñado, los mismos profesores ya no están en posición de enseñarles. Me los imagino de adultos, en una de esas situaciones donde has de soportar estoicamente el calor, la sed o el cansancio, y no soy capaz. Se echarán a llorar, o empezarán a gritar. Yo qué sé.
Criamos a una generación tan acostumbrada a las comodidades que los lujos para ellos no son un regalo, sino un derecho. Y están muy dispuestos a reclamarlo. Básicamente, porque serían incapaces de sobrevivir de otra forma.

Historias sobre lo que no tienen (I)

[Post kilométrico que publicaré dividido en varias partes.]
 
Estoy de guardia -tarea que consiste en aguantar estoicamente durante 60 minutos a un puñado de chavales que no tienen nada que hacer- cuando Diego se levanta y empieza a hacer el imbécil. Diego es un bigardo de casi dos metros; juega en el equipo de baloncesto local, pero es un poco manta, sencillamente porque se esfuerza tanto en la cancha como en el instituto: o sea, nada.
Si a mí hay algo que me exaspera es que los bichos se levanten sin mi permiso, así que le ordeno a Diego categóricamente que se siente. 
– Diego, abajo -como los perrillos.
Me mira enfurruñado. 
– Es que me aburro.
– ¿Te aburres? ¿En el instituto? ¿En serio?
Parpadea.
Nota mental: rebajar los niveles de ironía con los alumnos.
¿Ein?
– Que te sientes.
– Pero es que me abu…
– Que te sientes.
Diego se sienta. Les he dado permiso para sacar el teléfono móvil -total, lo hacen de todas formas- y la mayoría de sus compañeros se entretienen escuchando música con los cascos -el requisito indispensable para que se lo permita es que no me torturen con esa basura que escuchan-, jugando o mensajeándose por whatsapp con otros alumnos -¿veis, como al final lo sacan de todas formas?-. Pero Diego sigue dando la lata porque se aburre, se aburre y se aburre.
Aburrirse. Sin querer vuelvo a recordar mis tiempos de alumna, las soporíferas -para mí- clases de Química o Matemáticas, incluso alguna asignatura especialmente pesada a la que tuve que asistir en la facultad, sin demasiada alegría, pero con el convencimiento de que era lo que debía hacer. Vuelvo a mi clase del cole, visualizo a uno de mis antiguos maestros pero, cuando intento imaginarme a alguno de mis compañeros echándole en cara que “la clase es aburrida”, mi imaginación se corta. No puedo. Es un concepto incompatible. Como esperar ver a un oso polar en la selva tropical -por más que Lost diga lo contrario-. 
Pero ahora estamos en la era de lo divertido. Ordenadores, Internet, whatsapp, videojuegos, no debe haber un solo momento de aburrimiento para los chavales, ¡hombre, por Dios! Faltaría más. Incluso a nosotros se nos dice -perdón: exige– que el aprendizaje debe ser divertido. 
En efecto, mi área se presta mucho a las anécdotas, a las fotos, a los vídeos, a hacer de las clases algo ameno e incluso interesante. Pero siempre hay -y siempre debe de haber- una dosis, aunque mínima, de aburrimiento. ¿No forma el aburrimiento parte de la vida? ¿Cuántas veces, de adulta, me habré encontrado esperando pacientemente una cola, sentada en la consulta de un ambulatorio, aguantando una celebración familiar que me resulta soporífera? ¿Sería capaz de hacerlo si de niña no me hubieran enseñado que hay momentos en los que uno debe esperar sin quejarse? 
Eso ando cavilando cuando me doy cuenta de que Diego, finalmente, se ha quedado callado, sentado, mirando con aire distraído por la ventana. Perdido en su mundo interior. 
Aburrido. 
Y -aunque sin saberlo- aprendiendo a ser adulto.